Vuelo de pájaros rojos

Por Alejandro Rodrigues (*)

In memoriam Dr. Agustin Goiburú

El trinar de los pájaros se detuvo casi de golpe en las frondosas ramas de los mangos; ese repentino silencio me despierta sobresaltado esta mañana calurosa de Febrero, en las afueras de Asunción.
Tengo la certeza de que el ejército va a rodear la manzana en donde me encuentro escondido e iniciar los allanamientos en mi búsqueda casa por casa. Mi certeza es sólida e inquebrantable. Me visto con urgencia, voy hasta la puerta de la calle para intentar percibir la presencia de los que me buscan. Escucho algunos pasos de andar pausado, eso me tranquiliza e intento ordenar mis pensamientos. La pinza de los uniformados debe estar cercando la manzana en donde me encuentro. Vivo solo aquí, en esta casa que me prestaron mis compañeros, en un alejado barrio suburbano. A unas cuadras comienza el descampado, más allá unos bosque tupidos atravesados por una ruta que a estas horas de la mañana es poco transitada.
Es urgente salir de aquí. No me van a detener vivo. No debo caer prisionero en manos del enemigo. Horribles torturas aplicarán sobre mi cuerpo, lenta y llena de suplicios será mi agonía.
Me visto con unas avejentadas ropas de hombres que vi en una de las habitaciones vacías, me arremango los pantalones, me cubro la cabeza con un sombrero pirí campesino y arrojo lejos mi calzado; ya con los pies desnudos y mi camisa apenas abotonada, tomo dos botellas de vidrio que encuentro en la cocina que sirven de envase de leche.
Salgo a la calle decidido a enfrentar a la muerte, a anhelar la vida.
Abro cautelosamente la puerta y veo a algunos vecinos que otean la calle desde las ventanas de sus casas, otros miran extrañados, buscando entender qué sucede en las calles del barrio aquella mañana aún somnolienta.
Pongo los pies en la vereda, camino despacio, aparento tranquilidad en cada paso desnudo y cansino que doy. Una cuadra más allá los militares golpean las puertas de los vecinos con las culatas de sus fusiles. Entran violentamente en medio de maltratos e insultos a los habitantes de las casas.
Un oficial y cuatro soldados se adelantan y vienen hacía mí. El terror me paraliza, aprieto fuerte los picos de las botellas vacías contra mi pecho. Inclino la cabeza con humildad y les cedo el paso por la vereda. Pasan raudos apenas mirándome, están buscando a ese infame traidor, al doctor Agustín Goiburú y no a este campesino zaparrastroso y pynandi. Goiburú, ese colorado traidor que fue secuestrado, el de Posadas, Argentina, y fugado de la Comisaría 7° a través de un túnel. Sigo pasando por frente de las puertas de las casas que están siendo allanadas. Se escuchan gritos y golpes, aullidos de mujeres y llantos de niños. Los perros ladran furiosos ante la presencia de los uniformados invasores y violentos.
Miro hacia atrás con disimulo y veo que golpean con ferocidad la puerta de la casa que termino de abandonar; fuerzan la entrada y se introducen violentamente.
Apenas algunas cuadras más allá, inmensos pastizales se alzan persiguiendo el horizonte. El sol se asoma por completo en el saliente. Se inaugura radiante un nuevo día y el aire limpio desparrama frescura mansa. Camino por el borde de la ruta atravesando pequeños bosques de tupidas vegetaciones. A lo lejos se escucha el silbato de un tren. El día esta diáfano y celeste, el aire se impregna de aromas vegetales. Escucho arrullos de torcazas en las ramas de los lapachos.
Debo llegar a la frontera y cruzar el río.
Al terminar el día, camino protegido por la sombra de la noche casi a tientas y me detengo a percibir el murmullo de las aguas de algún arroyo para calmar mi sed. La luna sale llena y majestuosa esta noche, lo que ayuda a orientarme. De día me detengo oculto en los bosques y evito cruzarme con alguna partida del ejército.
Comienzan los primeros claros de la aurora. Según mis cálculos el río que sirve de límite queda a solo horas de caminata.
Allá a lo lejos, al alcance de mis ojos, distingo en el horizonte, la anhelada frontera con el otro país. Más allá de la rivera del río, prosigue la libertad y la vida, esos dones que acabo de recuperar.
Una bandada de pájaros rojos que cruza el cielo lejano, me da la bienvenida.

(*) Este cuento pertenece a libro “Sangre- Savia Tuguy-Yvyrary” del autor, publicado por la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones. Posadas, noviembre de 2016.

La imagen corresponde a un fotograma del documental sobre Agustín Goiburú “Ejercicios de memoria”, de Paz Encina.