Violencia obstétrica: cinco años sin Jocelyn, cinco años sin justicia

Violencia obstétrica: cinco años sin Jocelyn, cinco años sin justicia

Se cumplió ayer un nuevo aniversario de la muerte de Jocelyn, hija de Romina Villamayor, que ocurrió después de un parto plagado de cuestionables decisiones médicas en el hospital público de Puerto Rico.

Por Tatiana Lencina (*)

Romina sostiene la foto de su hija, la única que tiene. Se cumplen cinco años de su nacimiento y muerte, y el pedido de justicia cada día toma más fuerzas.

Romina rememora y relata los hechos de esas dolorosas jornadas. Tenía fecha probable de parto el día 18 de junio del 2010. La gestación era sana, con todos los controles, y el día previsto comenzaron las primeras contracciones que anunciaban el nacimiento venidero. Sin cobertura de salud (la había perdido recientemente por entrar a la mayoría de edad), Romina y su compañero fueron al Hospital Público de Puerto Rico.

El reloj marcaba las 15:00. Un médico que estaba de guardia le comunicó que tenía menos de un centímetro de dilatación, y que probablemente para la madrugada del 19 de junio nacería su hija; que fuera a su casa y volviera cuando los dolores se hicieran más intensos.

A las 23:00, siguiendo las indicaciones recibidas, volvió al centro asistencial. Allí las enfermeras, tras practicar un tacto, confirmaron que tenía un centímetro de dilatación y la enviaron nuevamente a su domicilio.

A las 5:30 del 19 de junio Romina se presentó por tercera vez en la institución. Las mismas enfermeras que la habían atendido previamente constataron que la dilatación seguía en un centímetro. Las contracciones eran más intensas y no había avances. Recién a las 7:30 recién fue revisada por el Dr. Manuel Cibils, quien, cuando la parturienta le pidió “goteo”, no atendió el pedido debido a que “no era necesario”, ya que la dilatación había avanzado medio centímetro.

A las 8:30 no había modificación alguna en el proceso de nacimiento. Se fueron sucediendo reiterados y excesivos tactos cada 45 minutos, junto con los correspondientes controles al latido fetal.

Recién cuatro horas después, a las 12:15, el médico ordenó practicar una cesárea. En el hospital se dispusieron a buscar al anestesista y al cirujano. Pero pasaron casi dos horas y no había novedades.

En el último tacto y ultrasonido, médico y enfermera se miraron, sin dirigirle la palabra a la joven madre. Entonces, el mismo médico que la atendía procedió a operarla, luego de que el compañero de Romina pagara un plus de 300 pesos, que le había sido pedido con antelación.

La crónica que hace Romina agrega una irregularidad más: durante el nacimiento no había neonatólogo presente; éste llegó con posterioridad. La bebé Jocelyn fue extraída sin mostrársela a la madre, que fue sedada para terminar la operación. El padre tampoco estuvo presente en el procedimiento.

Después de varias horas, el neonatólogo le comunicó al padre que “estaban trabajando” con su hija. Cuando le habló de malformaciones y de que estaba complicada la situación, el padre se sintió desconcertado, ya que Romina había atravesado un embarazo totalmente sano y las ecografías siempre habían salido bien. Tres horas pasaron hasta que le anunciaron que la beba “no resistió”.

Madre y padre sólo tienen un certificado de defunción, pero se preguntan: “Si estuvo viva todo ese tiempo, ¿por qué no hay certificado de nacimiento?”.

Con las fuerzas que aún le quedaban después de la traumática experiencia, Romina hizo la denuncia, y se secuestró la historia clínica, que presenta irregularidades. Además, se reunió con autoridades de Salud Pública y asentó otra denuncia en esa dependencia.

Se cumple otro aniversario de aquel día. Y sigue escuchándose un grito de justicia por Romina y Jocelyn, y por todas y todos los que fueron, son y serán víctimas de violencia obstétrica y mala praxis. Un grito que no se calla aunque sí lo hagan los organismos competentes en la materia.

(*) Colaboradora de revista superficie.