Susana, esa luz que nos quitaron

Susana, esa luz que nos quitaron

Oberá. Una foto. Una escuela. Una maestra misionera, revolucionaria. Secuestrada y desaparecida, pero jamás olvidada.

Guardapolvos bien blancos; ausentes las manchas de polvo rojizo que las picadas terradas —que se trillan a pie o a caballo— dejan sobre los cuellos almidonados. Esa tonalidad escarlata toma por completo también los puños y los bolsillos, rastros rebeldes del camino sobre la tela, que las madres combaten a puro palazo de madera contra la tabla de lavar.

Por Sergio Alvez (*)

Ese día de 1974, los guardapolvos estaban bien limpitos. La foto fue tomada en la escuela 185. Casi todos sonreían. Niños descendientes de polacos y alemanes; chicos guaraníes, gurises criollos y afroargentinos. Es la diversidad étnica que caracteriza a la ciudad de Oberá, en el corazón de Misiones, donde hasta ahora los relatos dominantes proclaman la existencia de un “crisol de razas”, un mito que sugiere que todas las razas se mixturaron para formar una sol raza argentina, que descendió de los barcos europeos: no hay negritud ni nativismo en nuestra sangre.

Son los niños de la maestra Susana Ferreyra. Allí está ella, costado derecho de la foto, estampa firme y de mirada honda. Veintiséis años. Peronista. Idealista. Inteligencia y sensibilidad. Estudiosa. Rebelde contra la injusticia. Atractiva. Revolucionaria. Maestra rural. Con su voz y sus manos, Susana abrazó las esperanzas de los eternos olvidados del campesinado menor de la Misiones más profunda. El sueño que entonces y ahora, los padres agricultores depositaban en los educadores de alpargatas gastadas: que los hijos aprendan y sean “alguien”.

Para ellos vivía Susana. Para esos niños, por un porvenir con más sonrisas que penares. La ilusión y el futuro, en una escuela rural, caben en la tiza mocha que empuña la maestra o el maestro de turno. Montonera. En 1976, le escribe la última carta de su vida, a su madre, para informarle: “en diciembre del año pasado (1975) fui incorporada a la agrupación Montoneros. Vos y el viejo laburantes de toda su vida sabrán comprender mejor que nadie la decisión que tomé. Las injusticias que soporta el pueblo son inacabables y de alguna manera hay que ponerles fin”.

Las cosas se ponen difíciles en la colonia. Gringos botones informan a la policía. Cacería de brujas por los montes. Susana escapa. Las chacras de algunos colonos militantes, albergan su cuerpo en fuga, toda angustia, toda valentía. El 17 de diciembre de 1976 la encuentran en Campo Grande. Su destino físico será la tortura y la muerte. Tenía 28 años y había entregado su juventud a un sueño colectivo frustrado a base de picana y fusil. Como dice su hermana Martha, “para que nunca hubiera belleza, ni luz, ni justicia”.

Esta fotografía junto a sus alumnos, es uno de los pocos rastros materiales que atestiguan el paso fugaz y destellante de Susana por este mundo. Eso, y aquella carta postrera en la que le dice a su madre: “Siento no estar en casa para cuando estén todos juntos, pero pienso que es el precio de esto tan lindo que estamos construyendo para todos, una sociedad justa. Hagan de cuenta que yo estoy con ustedes, mostrate contenta y disfrutá de estos días de vacaciones. Yo quiero una vieja fuerte y que me anime a seguir adelante. Tu cariño hacia mí veré reflejado en la comprensión de lo que hago y a la forma en que decidí comprometer mi vida. Yo sé que vos querés mi felicidad y tené la seguridad que lograr la Revolución será la felicidad para mí”.

(*) Cronista de revista superficie.