En la mañana de este viernes 8 de agosto llegaron a Posadas las familias de tareferos que protagonizaron durante seis días la “Marcha de los olvidados”, caminata de 200 kilómetros en la que se denunció el trabajo esclavo en los yerbales y se reclamó el pago inmediato de asignaciones que fueron retenidas arbitrariamente hace cinco años.

Tras ofrecer un breve recorrido histórico sobre la organización de los peones de la yerba mate, el Profesor de Historia Daniel Cantero sostiene que lo generado por los tareferos en los últimos años marca un hito sin precedentes.

Por Daniel Cantero (*)

En 1630 se produjo la primera asamblea de tareferos conocida. Las actas de esa reunión, transcriptas por el padre Antonio Ruiz de Montoya, llegaron hasta nosotros y nos permiten escuchar, maravillados, la voz de los guaraníes del Guayrá que manifestaban sus problemas, los abusos que sufrían y la indiferencia de las autoridades. Un párrafo parece describir exactamente la situación de los tareferos de Montecarlo hoy: “Ya habíamos escuchado que había una palabra–ley que decía: no vayan al Mbaracayú contra su voluntad, pero los karaí no obedecían”.

El Mbaracayú era un enorme yerbal silvestre al que los españoles obligaban a ir a los indios en condición de mitayos. En la mentalidad de los trabajadores, Mbaracayú se convirtió en sinónimo de opresión. En otro segmento del acta de la asamblea, los guaraníes expresaban “Aquellos montes de Mbaracayú están llenos de los huesos de nuestra gente (…) Ese sistema de vida nos ha empobrecido, no permite que hagamos casa, no permite que hagamos chacra, nos hace pasar necesidad, estamos sin gente, estamos sin hijos”. Las palabras de estos antiguos tareferos manifiestan la solidaridad y las sencillas ambiciones del que poco tiene: una vivienda digna, condiciones de trabajo adecuadas, una correcta alimentación. Pero también algo muy caro para los misioneros: la posibilidad de juntarse para divertirse. En la antigua asamblea de 1630, uno de los oradores se quejaba de que por culpa de las duras condiciones de trabajo, “la muchachada ya no se junta más”.

Pasaron los encomenderos, pasaron los jesuitas, llegó y pasó el frente extractivo, llegó la era de la yerba implantada y la realidad de los tareferos siguió invariable, como si el tiempo no hubiera pasado para ellos.

En 1914 Elías Niklison, un inspector del Departamento Nacional de Trabajo que arribó a Misiones para investigar las denuncias de abusos en los yerbales llegó a una conclusión aterradora: no había abusos, no era algún capanga despiadado el responsable de los desmanes. Era todo un sistema productivo que sólo generaba niveles altos de productividad si se sometía a la mano de obra a las más duras condiciones de trabajo esclavo. Y lo que más sorprendió a Niklison fue que los tareferos, pese a la explotación, no reaccionaban, no se organizaban, no se movilizaban. Soportaban sin queja lo que les deparaba un destino que en apariencia no se podía modificar.

Estamos por eso ante un momento histórico. Lo que generaron los trabajadores yerbateros de Montecarlo en los últimos años es un hito sin precedentes: por fin, los tareferos hoy están organizados, cuentan con sindicatos, construyeron una clara conciencia de clase y obtuvieron logros significativos tanto en lo salarial como en cuanto a las condiciones de trabajo. Pese a todo, es tal el nivel de marginalidad que sufren que aún falta mucho por hacer. Es más, la sociedad que muchas veces los miró con desprecio, hoy poco a poco está cambiando, y eso se ve en la solidaridad de la gente con estos orgullosos trabajadores que vienen caminando por la ruta 12 y que hoy arriban a Posadas reclamando que se les pague el dinero que les fue quitado injustamente. Porque hoy como ayer, los karaí siguen sin obedecer la palabra–ley.

La historia viene caminando por la ruta. Está en esas caras morenas cansadas y quemadas por el sol. Está en esos pies destrozados por tantos siglos de peregrinar en busca de esa tierra sin mal que siempre se parece escapar. Los que vienen no son ellos, somos nosotros, porque los tareferos son hoy la esperanza de que no todo está perdido en este mundo enfermo. De que la solidaridad existe.

Todo el pueblo misionero hoy debería estar esperando para abrazar a esos cansados peregrinos que nos están dando una fundamental lección de dignidad. Hoy nadie puede mirar para otro lado, porque es tiempo de cambiar. Un mundo mejor no solo es posible, es profundamente necesario.

Por eso hoy todos somos tareferos.

(*) Profesor de Historia. Integrante del Movimiento Pedagógico de Liberación.

Fotos: Diego Bogarín.