La primera piedra

Algo se dicen las piedras
A mí no me engaña el alma
Temblor, sombra o qué sé yo!

(Atahualpa)


por Sergio Alvez*

18 de diciembre. Mediodía. Un océano de seres humanos avanza por Avenida de Mayo. Columnas identificadas con banderas y pancartas de todos los colores. Tambores. Cánticos que se confunden. Arengas de resistencia. Se camina a paso de tortuga por las veredas: la avenida ya está colmada. Es un día caluroso y el cielo luce despejado. Desde las calles laterales vienen marchando miles de personas más. Todos vamos hacia la Plaza Dos Congresos. “No vamos a dejar que estos ladrones les roben a nuestros viejos” resume un hombre envuelto en una bandera argentina ante la cámara en vivo de un movilero frenético. “¿Si este no es el pueblo, el pueblo dónde está?” se pregunta cantando y emocionada, una mujer mayor que transporta un cartel de cartón: “Pará la mano Macri”.
Sindicatos, organizaciones sociales, estudiantiles, partidos políticos, agrupaciones religiosas, barriales, y miles de independientes, nutren una movilización que ya cerca de las 13 horas, se perfila como histórica.
Ahí va el pueblo, con la frente en alto y gran algarabía. Es un pueblo recientemente apaleado, acribillado, baleado y humillado por las fuerzas de seguridad que debieran custodiarlo. Toda esa herida sangrante va marchando ahora hecha un solo puño, una sola furia. Que nadie se confunda. Es diciembre y hay memoria. Este es un pueblo que marcha para defender a sus abuelos, a sus niños, a sí mismo, pero que también sale a honrar la memoria de sus caídos por luchar.

Jubilados en la movilización. Foto: Sergio Alvez.

 
Al llegar a la Plaza las columnas se ordenan. Se forma un resquicio y puedo avanzar hasta el punto más cercano al Congreso, es decir el vallado que la policía dispuso transversalmente de punta a punta de la plaza, de Rivadavia a Irigoyen, para que nadie pueda acercarse. En dirección rectilínea a la cúpula del Palacio,  casi pegada al vallado, se improvisó una zona para la prensa, donde un puñado de móviles se concentra. Ahí entre el cablerío de los prenseros permanezco un rato observando los horizontes. De un lado, la multicolorida multitud se enciende. Del otro, el obscuro ferroso del vallado se mimetiza con los uniformes de los policías – de la Metropolitana y la Federal- que contemplan a la muchedumbre.
Llevo una mochila. Un pañuelo atado al cuello. Una birome, un cuaderno y la cámara de fotos. Soy iluso y lo sabré después: me faltará limón, agua, leche y batería.
 
 
Todavía no lo sé, pero son los últimos minutos de paz. No puedo percibirlo, pero ésta, es la calma que antecede al huracán.
 
“Un sueldo entero por año nos van afanar, para hacértela corta. Esto que quieren aprobar es un choreo a cara descubierta” me dice Lorenzo, un profesor de Matemática ya jubilado, que deambula entre los móviles de prensa con una carpeta donde dice, tiene los resultados de su minucioso análisis del proyecto de reforma previsional.
 
Otro viejito que llegó a este punto cardinal de la protesta camina ensimismado con la mirada hacia el Palacio y su cartel en alto delata su edad y su pensar: “Jubilado de 80 contra la Macri-Ley de Imprevisión”.
 
Mayra podría ser nieta de ambos. Debe tener a lo sumo 25 y lleva puesta una remera del Frente Popular Darío Santillán. Un pañuelo le tapa la mitad del rostro y una Nikon 5200 cuelga de su cuello.
“Vivo con mi abuela. Desde que está Macri perdió un montón de coberturas del PAMI, le aumentaron los remedios y le complicaron la vida. Hasta los anteojos que le renovaban dos veces al año ahora solo se los cambian una vez al año, y eso que son anteojos berretas que no aguantan tanto tiempo. Están matando a nuestros abuelos y nosotros los jóvenes tenemos la obligación de luchar por ellos. Hoy se tiene que sentir la bronca.”

Hoy y mañana. Foto: Sergio Alvez.

 
Un muchacho se recuesta contra las rejas que cercan los monumentos frente al Palacio y se deja fotografiar con un cartel que reza: “Hoy lucho por mis padres, mis hijos lucharán por mi.”
 
La aglomeración y la tensión crecen.  Las voces de los movileros en vivo se mixturan. La sesión aún no comenzó. “¡Unidad, de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode!” retumban las voces de la masa. Me acerco a la esquina de  Irigoyen y Solís, ya cerrada por la policía motorizada. Desde esa esquina nace el vallado y a menos de cien metros se forma un vértice entre el vallado y el enrejado de los monumentos. En este lugar exacto me ubico, junto a un pequeño grupo de ex combatientes de Malvinas. Será un grave error.
 
“Peleé en las islas y volví roto, perdí un riñón, estuve con demencia, no tenía ganas de vivir. Salí adelante gracias a la organización de ex combatientes a la que me invitaron ser parte un día. La semana pasada estuvimos estudiando el proyecto y vemos que con la nueva forma vamos a perder el poder adquisitivo de nuestra pensión. A la disminución de nuestra pensión y jubilación se suma  la quita de medicamentos, la falta de atención en el PAMI…todo esto nos condena.” cuenta Raúl, un veterano de Malvinas que peina canas y habla lento.
 
Una bandada de palomas surca el cielo del Congreso. Algunas se posan sobre la cabeza de  El Pensador, la escultura de Auguste Rodin. El gesto de El Pensador pareciera predecir el desenlace que tendrá esta tarde.
 
El origen de la violencia que marcará este lunes 18 de diciembre de 2017 se ubica físicamente en la intersección de las calles Irigoyen y Solís. Ahí, un grupo de personas se acerca a la policía y comienza a recriminarle la cacería humana que la fuerza ejecutó el 13 de diciembre con brutal saña contra el pueblo que se manifestó allí mismo, en Congreso, contra la reforma previsional.
Les gritan:
-Hijos de yuta ¿no tienen abuela ustedes?
-Cagones de mierda siempre disparando contra el pueblo manga de ortivas.
-¡Hoy vinimos a defender a nuestros viejos no se les ocurra reprimir!
-¿No les da vergüenza lo que hicieron el otro día asesinos de mierda?

Increpando a la policía. Foto: Sergio Alvez

 
El hostigamiento crece. Los manifestantes le piden a la policía que libere la zona y permita a la gente manifestarse pacíficamente  en la plaza, su plaza. Bajos los cascos, las mandíbulas de los policías se endurecen. Algunos sonríen, otros gesticulan. Vuela la primera piedra. La segunda no tarda en llegar. El cordón policial eleva sus escudos. Los motorizados relinchan sus motores. En cuestión de minutos, la lluvia de piedras es torrencial. Manifestantes de las organizaciones que se encuentran al frente de la marcha, se desprenden y avanzan hacia el vallado. Hay corridas. Mientras se acrecienta la pedrada, quienes quedamos en el medio buscamos posibles refugios. No hay mucho para elegir. Permanezco en el vértice entre el vallado y el enrejado. Cientos de cascotes viajan hacia los uniformados. La rebelión acaba de estallar. Ahora sí, se abre parte del vallado y el primer bloque de la tropa policial comienza a disparar balas de goma y arrojar gases lacrimógenos.

Junto a un grupo de ex combatientes y algunos colegas de prensa quedamos exactamente atrapados entre dos fuegos. Piedras y balas se entrelazan.
En cada piedra va un grito. Va una piedra por Damiana, la chica detenida y manoseada en la represión pasada, va una piedra por Rafael Nahuel, joven mapuche fusilado por la espalda, van piedras por Santiago Maldonado, obligado a correr hasta ahogarse en un río por la Gendarmería, van piedras por cada uno de los baleados y apaleados por esta misma policía que ahora dispara. Van piedras por los miles de muertos que la represión policial se cobró en democracia. Van piedras por los 30 mil y por los 35 caídos del peor diciembre. Van piedras por Fuentealba y Lepratti. Miles de piedras que viajan también claro, contra la hipoteca del futuro de los jubilados de esta Argentina. No hay infiltrados. No son infiltrados de nada. Son trabajadorxs, hijxs, nietxs, militantes. Es el pueblo descargando su ira histórica, levantándose ante el brazo opresor. Un pueblo con rabia que se cansó de poner la otra mejilla.
 
La situación se expande hacia distintos puntos de la plaza.
-¡La plaza es nuestra compañeros, vamos! ¡No corramos, que corran ellos!
 
A mazazos, se rompen las baldosas que servirán de munición para nuevas avanzadas. La policía pierde el control de la plaza y retrocede, cargando  a sus heridos.
 
-¡Esto es la barbarie, no se puede creer! – comenta un movilero en vivo a mi lado.
-¡Este es el pueblo que se planta contra sus verdugos!- le gritan.

Comienza la represión. Foto: Walter Piedras.

 
Consigo desplazarme corriendo hasta calle Rivadavia. Cuerpo a tierra, filmo la situación. Las columnas avanzan y ahora buscan derribar el vallado. Si lo logran, la marcha llegará al Palacio. A piedrazos, los manifestantes consiguen abrir parte del vallado pero de inmediato, surgen policías a los balazos. Un jubilado levanta las manos y camina hacia adelante, rumbo a los policías.
-Mátenme, hijos de puta- balbucea.
Alguien se lo lleva antes.

Balas contra la protesta. Foto: Walter Piedras.

Ahora la balacera es, como el otro día, a mansalva.  Caen gases lacrimógenos. Esta arma química produce irritación inmediata en los ojos y cuando alcanza las vías respiratorias consigue un efecto desesperante.
Pese a tener puesto el pañuelo trago el humo y siento desintegrarme. Corro sin saber a dónde. De fondo la sinfonía ininterrumpida de disparos musicaliza el infierno. No puedo ver ni respirar, sólo correr y chocar con otros cuerpos desesperados que buscan un refugio que no existe.
Es como ahogarse bajo el agua, con la diferencia que el agua pude verse, uno puede bracear e intentar salir a superficie. Aquí es imposible saber cuándo terminará. Inhalo por nariz, por boca, no hay forma de hacer entrar aire al cuerpo y confieso, siento que voy a morir. Mientras escupo la bilis estridente, miro alrededor de la plaza, me acuerdo fugazmente que pasaba mis tardes aquí cuando vivía en una pensión en Uruguay y Rivadavia. Pienso en mi hija. Pienso (porque sin respiración no hay vida), que quizá sea mi último pensar.
Dejo de correr porque lo único que intento es volver a respirar.
-¡Flaco! ¡Ponete atrás del árbol! – me grita un tipo agarrándome del brazo.
Atrás del árbol, me dice, escupí, escupí, ya va a pasar, respirá, respirá. Dice esto y se aleja corriendo. Otra persona me mira a los ojos y me dice “abrí las manos y pasate esto por los ojos”. Obedezco. Es leche. Me lavo los ojos y siento alivio. Estoy respirando. Estoy respirando otra vez. Las masas retrocedieron. Pocos somos los que quedamos en este rincón de la plaza, con la suerte de que la policía al avanzar disparando no nos haya impactado. La batalla se desplaza. Miles corren alrededor. Consigo salir hacia avenida de Mayo. Me molesta algo en la pierna. Descubro que es un balinazo de goma. Llego hasta avenida 9 de Julio, donde la resistencia se reorganiza.
Aquí comienza otra película. La cacería.
 
(continuará)
 
* Cronista y director de Revista Superficie