La eterna lucha de una madre

Félix Escobar es una de las víctimas misioneras de la última dictadura cívico-militar. Su madre, Adolfina, mantuvo una búsqueda dolorosa y persistente hasta que finalmente sus restos fueron hallados en 2012. Esta mujer falleció el año pasado, pero dejó un testimonio de lucha cristalizado en una entrevista concedida a la periodista Melisa Vega el mismo año en que fueron identificados los restos de Félix.

Por Melisa Vega (*)

Adolfina Villanueva de Escobar fue una más de aquellas “locas de la plaza”. Fue una madre que hoy ya no está, pero su ejemplo de lucha sigue presente. Fue quien buscó 35 años a Félix, el mayor de sus hijos, secuestrado, desaparecido y finalmente asesinado en aquellos años donde la Argentina se vistió de sangre para repetir por siempre “Nunca más”.

En julio del 2012, Adolfina abrió las puertas de su casa ubicada en Montecarlo, Misiones para contar su testimonio de vida. Hoy, tres años después, la historia sigue viva en espíritu y más presente que nunca. Esta madre falleció en diciembre del año pasado llevando consigo el fin de 35 años de búsqueda. A su hijo lo encontró, no como quiso y esperó, pero al menos logró un deseo, el de tener cerca “un pedacito de él”. Félix fue hallado en un cementerio de La Plata enterrado como NN en febrero del 2012.

“Yo soy una mujer humilde, nunca tuve contacto con gente importante, ni policías ni funcionarios. Siempre me dediqué a criar a mis hijos, otra cosa no tuve en mi vida. Y que me tenga que tocar salir de acá, hacia La Plata, una ciudad tan grande yo sola, fue muy difícil. Estuve siete años activamente buscando a mi hijo, iba y venía. Cada cuatro o cinco meses ya me llamaban los abogados y otra vez me iba y de nuevo hacíamos otro habeas corpus, en el caso de que estuviese detenido ilegalmente, y así estuvimos durante siete años”, relató Adolfina.

Félix Escobar tenía 24 años cuando lo secuestraron, partió de Montecarlo con el fin de trabajar y luego estudiar Ciencias Económicas. Dadas las condiciones que vivía el país en esos años, Félix por su edad y condición, debía hacer la colimba obligatoria, pero su anhelo de seguir estudiando pudo cumplirse, ya que salió con ‘número bajo’:

“Me acuerdo que vino contento y me dijo: ‘Ahora sí quiero irme mamá, quiero irme a La Plata’”. Pero Adolfina recuerda que cuando su hijo tan emocionado le trajo esa noticia, pensó en cómo lo mantendría en una ciudad tan lejana. “Yo lo miré fijo a los ojos y le dije: Mirá Félix, si vos te vas a La Plata yo no te voy a poder ayudar, tenes cinco hermanos más”.

Félix se fue con la idea de prepararse para volver al pueblo a trabajar, su único objetivo era ayudar con su profesión a los que menos tienen. Había nacido en Guatambú, una colonia de Montecarlo que queda a unos pocos kilómetros de la ciudad. Su papá trabajaba en el secadero de la cooperativa, donde era capataz. En el secadero los obreros no la pasaban bien, trabajaban duro y no terminaban el día sin tener partes de su cuerpo quemado. Félix veía lo que pasaba un obrero, y lo agotado y lastimado que salía después de trabajar, veía como eran explotados por contratistas y cooperativistas. Él sólo quería ser “alguien”, tener un título que en el futuro facilitara ayudarlos.

La búsqueda

El día que marcó la historia de Adolfina para siempre comenzó una tarde de domingo en enero del 77’, donde todo parecía estar normal. “Yo tenía un hermano que tenía un camión, un día subí a toda la gurisada al vehículo y nos fuimos a pasar el día a las Cataratas. Todo estaba bien, habíamos pasado un lindo día, los chicos estaban felices. Cuando volvimos, mi viejo -así llamaba Adolfina a su esposo- estaba sentado afuera esperándonos, porque a él no le gustaba salir. Apenas bajamos las cosas, él se acerca y me dice: Vení un poco Adolfina, tengo algo que contarte (…) Ahí fue cuando me dijo que había venido una señora a decirme que Félix me necesitaba, por lo que tenía que ir a La Plata, así que no di vueltas, ,me preparé, agarré algunas cosas y viajé para allá”, explicó.

Villanueva llegó a La Plata uno o dos días después del asesinato, que, según investigaciones, fueron los primeros días de enero del ‘77.

“Cuando llegué, me fui directo para su departamento, pero él ya no estaba, nada quedaba en ese lugar. Ahí no más empecé a contactarme con abogados, junto con otras dos madres que también buscaban a sus hijos, que vivían con Félix y eran sus amigos”.

Félix vivía en un departamento con otros dos amigos, uno que ya se había recibido de médico y era de Río Grande, y otro de la provincia de Buenos Aires. A los tres los mataron el mismo día, pero de eso nada se sabía. “A veces pienso cuántas veces yo habré pasado por las calles donde lo mataron, es triste pensarlo así pero hoy es una realidad”.

En agosto del ‘77, Adolfina se unió a las Madres de Plaza de Mayo, organización de la cual formó parte unos años. “Los primeros tiempos, cuando yo empecé a buscar a mi hijo en el ‘77, me juntaba con las Madres; éramos poquitas, cuatro o cinco no más. Yo estuve casi siete años con ellas, años de lucha, marchas, llantos. Pero después, al poco tiempo, éramos muchas más. Se llenaba la catedral de mujeres con pañuelos blancos en sus cabezas y otras personas que venían a apoyarnos”.

Fueron siete años de búsqueda constante, de idas y vueltas. Con cinco hijos más esperándola en Montecarlo, esta madre recorría calles enteras, golpeaba puertas, pegaba afiches con la cara de su hijo. Su lucha no fue fácil, pero la ayudó a madurar, a defenderse sola en una ciudad tan grande. Andar entre abogados y “gente importante” no era lo suyo.

Luego de casi ocho años de interrupción democrática a manos de las Juntas Militares, terrorismo de Estado y vuelco total de la economía nacional en los sectores de la producción y la industria, y tras la guerra de Malvinas, se reiniciaba el camino de la normalización institucional a manos de Raúl Alfonsín en el año 1983. El actual presidente venía con nuevas promesas y nuevos aires para una Argentina que de a poco se recuperaba de una fisura que dejó un hueco irremediable que marcaría al país por el resto de su historia.

“Yo dejé de ir en busca de Félix cuando asumió Alfonsín. Él nos prometió a nosotras saber dónde estaban y qué le habían hecho a todos nuestros hijos desaparecidos. Y nos dijo que no hagamos más denuncias ni habeas corpus ni papeles ni nada, que él se encargaba. Nos puso una oficina para asentar una nueva denuncia y todo eso, pero no quedaron más que ahí sus promesas, como todo político”.

Félix pertenecía a una familia con un fuerte vínculo al peronismo. “Él era peronista, pero pocas veces me hablaba de eso, no era de mostrar mucho sus maneras de pensar. Lo que sí sé es que estaba a favor de los estudiantes y la última vez que lo vi en el ‘76 me había contado que estaban con el tema del boleto estudiantil”.

Tiempo antes de que Félix fuera asesinado, Adolfina había ido a visitarlo. Fue precisamente en agosto del ‘76. Ella nunca iba a imaginar que ésa iba a ser la última vez que lo vería con vida. Félix la llevó por todas partes, allí conoció gran parte de la ciudad. De esa visita sólo le quedó una foto con su hijo, tomada en la catedral. Sostienendo fuertemente la foto en sus manos, dijo: “Mi hijo me estaba mostrando los lugares por donde yo iba tener que buscarlo un año después. Yo no tenía en mi agenda preparado todo esto que me iba a pasar”.

Sería triste decir que la lucha no ha sido en vano si los resultados fueran diferentes, con Félix con vida y de nuevo en familia. Pero el destino no lo quiso así. Sus restos fueron encontrados en febrero del año 2012.

El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) había logrado identificar los restos de Félix desaparecidos en el ‘76. “No puedo decir que estoy feliz, siento que terminó  la ilusión que  a veces todavía tenía de volver a ver a mi hijo, pero estoy tranquila porque siempre dije que si no lo encontraba vivo por lo menos quería un  pedacito de sus huesos, quería saber qué pasó con él, qué le hicieron”, anunciaba Adolfina, a meses de haber encontrado sus restos.

Si de algo no quedan dudas es del gran ejemplo que significa esta madre, una madre que con cinco hijos aún pequeños salió desesperada en busca del mayor. Una madre que luchó sola, contra viento y marea en una ciudad inmensa y llena de cosas nuevas. Hoy, después de 38 años, Félix está enterrado en el cementerio de Montecarlo, lugar donde nació, creció y soñó. Lugar de donde se fue con un deseo, el de volver para ayudar. Adolfina hoy también está en ese mismo lugar, en esas tierras donde días y noches recordaba a su hijo, donde contó su historia a muchos otros más, donde crió a el resto de sus hijos y vio nacer a sus nietos.

Si bien no fue el final que esperó, es el que le tocó, después de aquel domingo de enero, donde su vida cambió por completo y la llevó a formar parte de una de las tantas “viejas locas” de pañuelo blanco.

(*) Periodista. Colaboradora de revista superficie.