El 17
| Superficies literarias |
Superficies literarias presenta un relato de Sergio Alvez, uno de los cronistas de esta revista. El cuento se titula El 17. Recordamos que pueden enviar sus textos para esta sección - cuentos, poesías, ensayos, etc- a la siguiente direección de correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
EL 17
Viajo seguido a Buenos Aires. Entre una y dos veces al mes. No interesa que le cuente el motivo de estos reiterados viajes a la gran ciudad, pero sí le diré que siempre voy en colectivo, y siempre, siempre, en asiento individual reservado con anticipación. No tolero la compañía humana en un viaje. No tolero la compañía humana en general, pero en los viajes largos este rasgo de mi personalidad se exalta.
En la vida cotidiana me las arreglo bastante bien para mantener un contacto mínimo con toda la humanidad que rodea mi existencia. Pensará usted que debo ser una persona amargada, resentida y descortés. Invíteme algún día a tomar algo y en un ratito se dará cuenta que se equivoca al prejuzgarme.
No queda bien que uno se ande adulando a sí mismo, pero bien sé que quienes me conocen consideran que soy un tipo agradable, que exhalo optimismo. Alegre e interesante. Me consta que al menos tres mujeres están en este momento enamoradas de mí. Ojo, no le voy a mentir tampoco diciéndole que soy el alma de las fiestas, pero mi sistema de vida contempla ante cada encuentro inevitable con otros de mi especie, el esmero en exhibir un comportamiento amable, generoso y nada ruin. No trato a los demás como no me gustan que me traten a mí. No tolero las caras de orto entre interlocutores. Es mejor evitar a la gente antes que sumirse en una conversación que no se quiere tener.
Para que usted imagine, por ejemplo, si voy a la carnicería, siempre saludo con una sonrisa al carnicero y aunque siempre sé a ciencia cierta qué es exactamente lo que quiero comprar, me muestro dubitativo y expongo algunas consultas, con el fin de que el buen hombre pueda sentirse útil aconsejándome.
O si alguien me pregunta algo por la calle, trato de satisfacer con creces la información que se me demanda, aún cuando no tengo certeza en la respuesta.
—¿Sabe dónde queda la sede del sindicato de estibadores? – me preguntan.
—No, no conozco esa sede mi amigo. Pero dejéme pensar. Acá a dos cuadras tiene una comisaría donde puede consultar. Disculpe mi ignorancia. Que tenga un buen día. —contesto.
Pero en el fondo, le confieso, preferiría no tener que hablar con nadie nunca. Preferiría no hacerlo, diría Bartebly.
La semana pasada, y esto es lo que quería contarle, me sucedió algo desgraciado. Subí yo al colectivo, rumbo a Buenos Aires, y me dirigí rumbo al número de asiento que indicaba mi boleto: 17. No soy supersticioso. No creo en nada. No hay persona en el planeta más agnóstica que yo. Ninguna explicación del mundo me convence. Esquivo a todos los paradigmas. Pero no me explico entonces, porqué justo el día que me toca ese número de asiento, ocurre una desgracia.
Llego al asiento 17, y me encuentro con que estaba ocupado. Un hombre mayor, de unos fáciles setenta años, estaba sentado ahí, y ante mi presencia ni se inmutó. Siguió mirando hacia el andén a través de la ventanilla. Me quedé parado unos instantes en el pasillo, con el boleto en la mano, esperando que el hombre aquel se dignara a mirarme.
—Señor, disculpe, pero tengo este número de asiento.—dije cuando me cansé de esperar y los demás pasajeros esperaban que me corra para avanzar en busca de sus respectivos lugares.
El tipo giró su rostro hacia mí, y me miró, visiblemente perturbado. Aquel gesto de irritabilidad se traslucía principalmente en el movimiento contraído de sus cejas grisáceas.
—¿Qué dice? No oigo bien. —dijo, poniéndose una mano detrás de la oreja.
—Que me disculpe, pero tengo el asiento 17. El asiento dónde está usted sentado es el 17 y es mi lugar. Si me permite, usted debe tener otro número de asiento—contesté, acercando mi boca a su oído.
—¡Ah! Pero no importa. —dijo, sacudiendo las manos, en ese gesto clásico italiano, como rechazando un regalo demasiado caro.
—Le pido por favor que se cambie de lugar. Este es mi número de asiento.
—Ah, no hay problema. Atrás tiene un montón de asientos más.
Dicho esto el viejo volvió a posar su vista en el andén.
Eché una mirada hacia los asientos de más atrás. Todos los individuales estaban ocupados y el único lugar libre era el último asiento de la fila doble, dónde un policía parecía empezar a quedarse dormido. Para colmo ese lugar estaba ubicado debajo del aire acondicionado general del micro, por lo que viajar ahí sería una tortura sonora, además de un cagadero de frío.
—Señor —insistí.—¿no querría usted ir a su lugar y dejarme este asiento que me corresponde y que reservé con una semana de anticipación?
—¡Ah, pibe, que molesto! Andá a sentarte y dejáme viajar en paz.
Se me subió la sangre a la cabeza. Alrededor, los demás pasajeros gozaban de la escena. Caminé hasta el asiento libre, masticando rabia, monologando interiormente una vez más contra la humanidad incurable. Sentí hasta ganas de bajarme. El policía roncaba y la culata de su 9 milímetros me rozaba el antebrazo. El ruido del aire acondicionado era como estar adentro de una heladera descompuesta.
Pero cuando el colectivo empezó a moverse en la ruta, pude abstraerme, dejé que mis pensamientos fueran mansamente arrastrados por esa balumba quimérica que es todo viaje.
En algún momento me dormí y tuve una pesadilla. Soñé que el viejo aquel del asiento 17 me azotaba con una correa como la que tenía mi padre para castigar a nuestro perro. Una clara simbología onírica de la humillación que había sufrido en aquel altercado. Traté de no darle demasiada importancia al sueño, para no amargarme el resto del viaje.
Llegamos a la terminal de Retiro a media mañana. Cuando bajamos del micro, me situé detrás del viejo y le seguí los pasos. Mi intención era hacerle saber amablemente cuánto me había molestado su actitud. Lo seguí hasta el costado del colectivo, donde el guarda le entregó su bolso. Lo tomó y se alejó hacia el interior de la terminal, fumando un cigarrillo. Yo me cargué la mochila.
Entró al baño y yo también, siempre detrás suyo. Lo vi orinar, y tras eso se puso frente al espejo, sacó una navaja de afeitar de su bolso y comenzó a rasurarse. Entonces me coloqué a su lado. Abrí el grifo de mi lado y me lavé la cara. Él estaba demasiado concentrado en su afeitada.
—Señor. Quisiera hablar con usted un instante—le dije.
El viejo me miró a través del espejo. Noté sus cejas fruncirse nuevamente.
—Otra vez usted. Qué pesadilla. —dijo fastidiado.
Verá como son las cosas. Lo que hacen las palabras y como nuestros temperamentos, nuestra aparente cordura y aplomo a veces parecen estar sujetas apenas por delgados filamentos propensos a romperse de un momento a otro.
Le quité la navaja y le corté el cuello. El viejo cayó al suelo. Yo salí caminando rápido hacia el andén. Sentí un escalofrío helado subirme por la espalda, señal del pánico y la culpa. Sabía que tenía que desaparecer cuanto antes. Volví al andén y subí al primer colectivo que estuvo a mi alcance. Era un Plusmar con destino final a La Rioja. No tenía asientos individuales disponibles.
Publicado el 15 de mayo de 2012

