Horacio Quiroga, la dimensión ideológica

Horacio Quiroga, la dimensión ideológica

Excepto una sola mención de simpatía por el batllismo uruguayo en 1911, Quiroga nunca manifestó adherir expresamente a ninguna corriente de pensamiento político o filosófico; tenía su propio pensamiento, muy personal, aunque bastante emparentado con los trascendentalistas norteamericanos: Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, cuyas lecturas frecuentaba.

Por Horacio Silva (*)

En Quiroga cobraba inusitada fuerza la idea de que la relación directa con la naturaleza, a través del rudo trabajo manual —motorizado por una férrea e implacable voluntad—, devenía en la libertad del hombre y de su integración al universo, del cual formaba íntima e indisoluble parte.

Influencias literario–filosóficas

Esa línea de pensamiento se vio reforzada, a lo largo de su vida, por la lectura de otros autores que dejaron profunda impronta en el alma del escritor salteño: Fiódor Dotoievsky (“Bien por su Dotoeivski. Sabe bien que es uno de mis dioses. El hombre que ha visto con más profundiad los subsuelos del alma. Descuello en toda su obra a El idiota y Los poseídos”); Rudyard Kipling, (“También como Kipling, creo que el hombre de acción ocupa en mi ser un lugar tan importante como el escritor. En Kipling la acción fue política y turística. En mí, de pioneer agrícola”); Henrik Ibsen (“Brand: ¡Pero amigo! Es el único libro que he releído 5 o 6 veces. Entre los tres o cuatro libros máximos, uno de ellos es Brand (…) y creo que lo saco de la biblioteca cada vez que mi deber —lo que yo creo que lo es— flaqueaba”); y Alex Munthe: “También a la hora presente habrá concluido Ud. El libro de San Michele, apreciando así cómo y por qué éste constituye mi biblia”

Posición frente a las ideologías políticas

Su posición podría definirse como no partidaria del capitalismo, pero tampoco partidaria de las soluciones colectivistas (comunismo, anarquismo, socialismo), por considerar que tanto el uno como las otras conllevaban la anulación de la libertad y de la capacidad creativa del individuo.

En su propia opinión, él se encontraba dentro del campo de la izquierda (ver carta a Samuel Glusberg, 30–12–1935) y en carta a Ezequiel Martínez Estrada del 13–7–1936 se declaró “un solitario y valeroso anarquista”. Pero debe entenderse que no se refería a la imagen clásica del anarquismo, de la FORA, de la organización obrera; sino en el sentido de un individuo que no delega su libertad, absolutamente en nadie ni en nada.

En ese sentido, en mi opinión personal, me atrevería a definir a Quiroga como a una suerte de “individualista anárquico” solitario.

Le preocupaban, sí, la cuestión social y los avances del fascismo en Europa; veía con simpatía la rebeldía de las peonadas mensúes, y con horror el crecimiento de Hitler en Alemania y la traición de Franco a la República en España.

¿Hay textos de Quiroga dónde se puedan detectar determinados lineamientos políticos o ideológicos de manera explícita o implícita?

Si, hay infinidad de textos. Las fuentes más confiables son su profusa correspondencia, y los artículos periodísticos publicados en distintos medios. Algo de ello hay en sus cuentos, pero me resisto a tomar a éstos como determinantes, por el componente de ficción que naturalmente albergan en su seno; y que han llevado históricamente a quienes escribieron sobre Quiroga, a confundir al hombre con sus personajes, un grave error que terminó conformando una leyenda negra sobre su figura, vigente hasta el día de hoy.

Una de las tesis principales de mi investigación, consiste en la refutación —basada en rigurosos datos históricos—, de la veracidad de esa leyenda.

Pero una de las obras principales —y curiosamente, más ignoradas— sobre sus lineamientos ideológicos, es el libro de texto para 4º grado, aprobado por el Consejo Nacional de Educación, que fue de lectura obligatoria para los alumnos porteños entre 1931 y 1937: “Suelo natal”.

En este libro pueden apreciarse los grandes lineamientos del pensamiento quiroguiano: la importancia de la preservación de la vida (El valor de una vida, Día del Animal, El agutí y el ciervo); la pureza de la vida natural (El veneno de la ciudad); el valor del ingenio humano para la creación (S.O.S., La máquina de coser); la defensa de los recursos naturales (Nuestras maderas nobles, La sequía, El día del Árbol, Los bosques, Himno al petróleo, Los parques nacionales); la dignificación laboral (La gloria del trabajo, El trabajo manual, La abeja haragana); la cuestión social (Arte y riqueza, La vida fácil, La vida difícil, Anaconda); su interesante noción de patria (25 de Mayo, El sentimiento de la patria, Un héroe nacional, La nación argentina) y, por último, el gran tema que atraviesa toda su obra y su vida: la fuerza de la voluntad (El esfuerzo individual).

¿Qué amistades tenía Quiroga en relación al universo de la política y de los pensadores de cuestiones políticas?

Durante su juventud en Uruguay, Quiroga tenía amistades —o, al menos, conocidos— en el Partido Colorado, en tiempos de José Batlle y Ordóñez. Hacia la época de la segunda presidencia de aquel caudillo populista (1911–1915), Quiroga estaba recién asentado en Misiones. La única mención de simpatía política que se le conoce, es la expresada en carta del 16–3–1911 a su amigo “Maitland” (José María Fernández Saldaña): “Amigo: lo que yo hallo de eficaz en Batlle y compañía —de grande, te diría— es la convicción ardiente en cosas bellas: laicismo, obrerismo, progreso, y democracia íntima. Su manifiesto desde Europa me parece de superior sinceridad y eficacia patriótica (…) ahora no hay nada para mí más bello que la honradez–sinceridad en orden moral, y la democracia en orden político”.

Pero la mayoría de sus amistades políticas se dieron a comienzos de la década de 1930, época del primer golpe de Estado en la historia argentina, cuando el anarquismo entra en franca declinación, y el Partido Comunista comienza a convertirse en la fuerza política predominante dentro del movimiento obrero argentino, antes de la irrupción del peronismo.

Un viejo amigo de Quiroga, el artista plástico uruguayo Carlos Gualberto Giambiagi —con quien compartiera muchos de sus proyectos industriales—, se incorporará al PC. Otro tanto ocurrirá con Marcos Kanner, un joven anarquista bonaerense que había llegado a Misiones, enviado por la Federación Obrera Marítima, para ayudar a consolidar la organización sindical en la provincia.

Quiroga compartió con ambos muchas veladas, pero chocaba irremediablemente cuando ellos querían convencerle de sus puntos de vista políticos.

Respecto de Giambiagi, Quiroga le comentará a Ezequiel Martínez Estrada, en carta del 22–7–1936: “Giambiagi hace el agitador; es delegado del Comité Comunista regional. Pinta como la tiza, siempre, y poco”.

Y sobre Kanner (Carta a Samuel Glusberg, 30–12–1935): “Por aquí he tenido contacto con un compañero comunista, dirigente del litoral, excelente muchacho que se avergüenza de su pasado anárquico. Hoy ha vuelto a Posadas. ¿Ha tratado Ud. de cerca a un comunista oficial y fanático? Yo no deseo hacerlo más. Y a este respecto se me ha ocurrido un apólogo de gran eficacia, que no escribo por cariño a la izquierda, donde siempre me encuentro, pese a mi amigo de Posadas. Como inferirá el apólogo versa sobre la demagocia comunista. Leí también una diatriba de Castelnuovo sobre Tolstoi, so pretexto El arte y las masas.

Amigo Glusberg, yo soy y seré un hombre libre por sobre todos los conceptos (egoista, dicen), y enamorado de la tierra que trabajo con tesón. Tendría que ver mi parque y mi jardín. En fin, mi pequeño San Michele”.

No obstante ello, Quiroga mantuvo siempre la amistad con Kanner; al punto de que, al estallar la rebelión de colonos de Oberá en 1936, la policía fue a detenerlo a casa de Quiroga, donde había ido de visita con su familia.

Pero Glusberg también estaba molesto con el escritor salteño, por su porfiada negativa a colaborar con los comunistas: “si Ud. se conforma con ser libre cuando otros no lo son, conforme; yo no me conformaría”. Quiroga, desanimado, comenta esta discusión a Ezequiel Martínez Estrada (8–2–1936):

“Esto no está bien, yendo de un mozo calenturiento recién iniciado en la vida, a un hombre que le lleva 30 años de juicio. Como a mí no me interesa hablar de ideologías ni chismes literarios, no sé en verdad qué podremos comentar en lo sucesivo con él (…) Hay que llegar, pues, a lo de Munthe, Kipling, y yo, en mi pequeña esfera: hablar con profunda paz con gentes de buen corazón e ignorante”.

No obstante, Quiroga valoraba la amistad con él: “Glusberg: por las cuestiones sociales, estuvimos en una ocasión a punto de disgustarnos. Buen amigo, me pedía mucho más de lo que yo podía dar: a la cuestión y a él. Entiendo que cuando un artista lo es a tal punto que quiere suicidarse como tal, no es ello a buen seguro para afiliarse a tal o cual partido político, siempre cosa más sucia que la expresión literaria”.

Otro buen amigo de Quiroga, César Tiempo, requería también de sus servicios para la causa, aunque sin virulencia verbal: “La cuestión social: Tiempo me escribe, solicitando para cierta revista de izquierda (republicana) unas líneas, que harían bien a la revista. Desde luego; ¿pero a mí? Ya le conté el asunto para una fabulilla comunista. Casi todo mi pensar actual al respecto proviene de un gran desengaño. Yo había entendido siempre que yo era aquí muy simpático a los peones por mi trabajar a la par de los tales, siendo un sahib. No hay tal. Lo averigüé un día que estando yo con la azada o el pico, me dijo un peón que entraba: —«deje ese trabajo para los peones, patrón…». Hace pocos días, desde una cuadrilla que cruzaba a cortar yerba, se me gritó, estando yo en las mismas actividades: «¿no necesita personal, patrón?». Ambas cosas con sorna.

Yo robo, pues, el trabajo a los peones. Yo no tengo derecho a trabajar; ellos son los únicos capacitados. Son profesionales, usufructadores exclusivos de un dogma. Tan bestias son, que en vez de ver en mí un hermano, se sienten robados. Extienda un poco más esto, y tendrá el programa total del negocio comunista. Negocio con el dogma Stalin, negocio Blum, negocio Córdova Iturburu. Han convertido el trabajo manual en casta aristocrática que quiere apoderarse del gran negocio del Estado. Pero respetar el trabajo, amarlo sobre todo, minga. El único trabajador que lo ama, es el aficionado. Y éste roba a otros.

Como ve, un solitario y valeroso anarquista no puede escribir para la cuenta de Stalin y Cía.

Tiempo atrás me envió Castelnuovo, a quien quiero bien, su libro sobre el Arte en las muchedumbres o cosa así. ¡Viera qué cosa! Todo es un panfleto contra Tolstoi, de quien se ríe el Castelnuovo. no he podido acusarle siquiera recibo, no obstante ser aquel un buen muchacho, pero torpísimo”.

Pero a pesar de estas desavenencias políticas, la amistad de Quiroga con estos hombres nunca se extinguió.

Hacia 1931, el mimso Elías Castelnuovo —célebre animador del grupo de Boedo— y Álvaro Yunque, ambos comunistas, visitaron a Quiroga en su casa de Vicente López, para convencerle de que no regresara a San Ignacio, sino que viajara a Rusia, con el objeto de conocer al país de la Revolución de Octubre, juzgar por si mismo, y dar testimonio al mundo. Quiroga, molesto, rechazó la idea: “Yo no soy nadie para juzgar y no hago declaraciones que sólo sirven para tranquilizar la conciencia de quienes las formulan, evitándose las molestias de la acción (…) yo podría simular izquierdismo o comunismo (…) pero soy enemigo de toda simulación. Prefiero dejar de escribir”.

Hasta aquí, el relato efectuado por Álvaro Yunque a Pedro Orgambide, autor de “Horacio Quiroga – una biografía”. Pero Alba Gandolfi (la hija de Yunque) me contó en un reciente email (30–10–2012), que Quiroga fue más allá, retrucando: “Papá contaba que Horacio Quiroga lo quería convencer para que se fuera a la selva con él”.

Acaso Yunque, junto a César Tiempo, fueran dos de las pocas figuras del comunismo, que Quiroga admiraba: “Ud. debe saber que tengo de Yunque la más alta opinión que se puede tener de un hombre. Si Ud. lo ve, dígaselo, aunque él lo sabe —y tal vez no lo sepa el magnífico muchacho. que se digne escribirme, pues yo ignoro dónde puede esconderse”.

Pero hubo otra personalidades de la izquierda, con quienes Quiroga discutió, sin conservar la amistad: Liborio Justo —hijo del Presidente argentino Agustín P. Justo, y militante comunista desde 1932— y el escritor norteamericano Waldo Frank, quien visitó Argentina en 1929, al regreso de su viaje a Rusia.

Justo visitó a Quiroga en su casa de Misiones en julio de 1934; pero entre la altanería de uno y la intransigencia del otro, no se pudieron entender, como le cuenta Quiroga a Martínez Estrada, en carta del 19–8–1934: “…esto lo digo por un incidente que acabo de tener con el joven Liborio Justo, que estuvo con nosotros unos días, y que ha salido echando pestes sobre nosotros (…) Para pregusto, el mozo me imputa hipocresía”. Poco después, insiste con el tema ante Julio E. Payró (carta del 9–2–1935): “Tenemos con Lobodón (Lobodón Garra, seudónimo de justo) la certeza de haber sido honorables y cariñosos huéspedes; véase por ello la mala pelambre de aquel lobo”.

Con Waldo Frank, Quiroga discutió acremente respecto de la figura de Freud, diciéndole al intelectual norteamericano que “estaba absorto ante la tontería general, que daba valor a Freud y a sus seudoteorías”.

Y para terminar esta ajustadísima reseña, quedan por mencionar las palabras de apoyo de Quiroga a César Tiempo, a raíz de la dura controversia sostenida por este poeta de origen hebreo, con el entonces director de la Biblioteca Nacional, el escritor nacionalista, católico y antisemita Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast): “Muy bien, por su descargo de conciencia sobre el muy nefasto a la par que idiota Zuviría. Es un desgraciado tipo —y todo lo demás—, como decía no sé quien”.

  1. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 19–8–1936. La novela de Quiroga Historia de un amor turbio (1907) es, probablemente, la primera obra sudamericana de carácter dotoievskano.
  2. Carta a Julio E. Payró, 4–4–1936. Aunque Quiroga no menciona ninguna obra específica de Kipling, es altamente probable que se haya embebido de sus trabajos más conocidos: El libro de la selva(1894), Kim (1901) y su emblemático poema If (“Si”, 1909).
  3. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 25–7–1936.
  4. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 8–2–1936.
  5. La noción de patria de Quiroga está muy alejada del nacionalismo covencional, al que fustigó en varios artículos periodísticos (El Hogar, 19–8–1927; La Nación, 6–5–1928). En Suelo natal, despliega la idea de que el sentimiento de patria nace en el terruño natal de cada uno, y que la patria está en la fraternidad entre los hombres, más allá del lugar en donde hubieran nacido; este pensamiento lo emparenta con el escritor anarquista mexicano Ricardo Flores Magón, quien sostenía prácticamente lo mismo en un artículo titulado “A los proletarios patriotas” (periódico Regeneración, 30–10–1915).
  6. Recuerdos de Libertad Kanner, hija de Marcos, en: http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/martinezt.pdf.
  7. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 26–9–1935.
  8. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 13–7–1936.
  9. Carta a César Tiempo, 24–4–1935.
  10. Carta a Ezequiel Martínez Estrada, 26–8–1936.
  11. Carta a César Tiempo, 21–12–1935.

(*) Colaboración especial del escritor e historiador bonaerense Horacio Silva, investigador de la obra y figura de Horacio Quiroga, para un informe a publicarse en el número de diciembre de Revista Sudestada. El mismo se publicará simultáneamente en http://revistasuperficie.com.ar.