Fidel es un dolor de cabeza

El entrañable Felipe daba la triste noticia con un artículo del periódico Juventud Rebelde de Cuba. Abrí los ojos enormes, sólo para leer mejor y para que las lágrimas que saltaban tardaran más tiempo en cubrirme la cara.

Por Lucía Sabini (*)

Mis primeros acercamientos a Fidel y la revolución cubana fueron a través de mi hermano Nicolás. Me lleva casi cinco años, y desde pibe se interesó por todos los movimientos revolucionarios de América latina; recuerdo sus horas de lectura en la pieza encerrado, con las pilas de “Resumen Latinoamericano”, “Resistencia” o “Nuestra palabra” –del PC- que contaban sobre esas guerrillas colombianas de los primeros noventa, y de esa otra guerrilla que habían liberado a ese paisito llamado Cuba unos cuantos años antes. En su cuarto había algún poster del Che, por supuesto, que seguramente intimidaba con la mirada –porque convengamos que no era una mirada común-.

En mi casa, si algo no faltaron fueron libros. De todo tipo, sobre todo, de las gamas de izquierda. Mi viejo, de formación y perfil anarquista, no se llevaba bien con el comunismo, ni con los comunistas. No era guevarista, ni simpatizaba tanto con la figura de Fidel, a quien incluso llegó a conocer en un acto en la visita que realizó el Comandante a Uruguay unos pocos meses después de la Revolución, allá por el 59´. Esa anécdota la supe casi a mis 30 años.

De las recurrentes discusiones políticas que encendían las comidas familiares, recuerdo una en particular. Mediodía, alguna ciudad uruguaya, los cuatro en un restaurante. Mi hermano defendía a Cuba y a Fidel. Eran los primeros 90, él debía tener unos 14 /15 años. Mis viejos -sobre todo papá- le discutía sobre la necesidad de debatir desde la izquierda la democracia y la libertad de expresión en aquel país, que no se podía endiosar el proceso cubano como si nada, que nos hacía ciegos. Yo, probablemente aburrida, quise opinar -y de paso quedar bien con mi padre- y definí:

– Si es una dictadura, no importa de donde es, si de izquierda o derecha. Está mal.
Mis viejos sonrieron, enternecidos, supongo. Pero mi hermano, me lanzó una mirada fatal y retrucó:
– Vos no entendés nada, nena.

Tenía razón nomás. Tardé unos cuantos años en madurar razones, comprender contextos. Y acordar con la convicción de que dentro de la revolución todo, y fuera de la revolución, nada.

***

Me desperté a las 8, con sueño. Agarré el celular y, mientras buscaba la teclita de “posponer alarma”, vi una notificación de Facebook en el grupo “Turma Fidel Castro”, aquella que conformamos la camada de estudiantes de la hermosa Escuela Nacional Florestan Fernandez -espacio de formación política del Movimiento Sin Tierra, de Brasil-, en el 2012. Por joder, quise ver qué había de nuevo en un grupo que no suele tener mucho movimiento. El entrañable Felipe daba la triste noticia con un artículo del periódico Juventud Rebelde de Cuba. Abrí los ojos enormes, sólo para leer mejor y para que las lágrimas que saltaban tardaran más tiempo en cubrirme la cara.

Como todos los sábados -o todos los que puedo desde hace ya unos meses- me disponía a ir a El Porvenir, barrio humilde de Posadas, donde estamos intentado armar un espacio de apoyo escolar y de alfabetización para los gurises -y los no tanto-. Vamos a la última casa del último barrio. Ningún colectivo llega hasta ahí.

Por supuesto, cuando me levanté, decidí ir. Me puse la remera de la Turma Fidel Castro, irónicamente la única que tengo con el nombre del Comandante. Detrás tiene una canción que armamos con nuestro grupito y resultó ganadora del concurso de canciones. Recuerdo el arduo debate de la turma para definir si era correcto ese homenaje “en vida”. Íbamos a ser la primer turma (que valga la aclaración, en portugués significa cuadrilla) que se pondría un nombre propio como homenaje, de alguien que aún no había muerto.

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Llanto mediante, salí tarde de casa. Perdí el único colectivo de la mañana que me deja lo más cerca posible de El Porvenir, y me tuve que tomar uno que “me acercara”. Caminé los 3 kilómetros restantes, con el sol en la nuca, mirando el paisaje, pensando en todos los laburantes que viven ahí -todos informales, todos parte de la economía popular, mayormente oleros- en los pibes y pibas que tienen que hacer esos trayectos para ir a la escuela, la salita o cualquier institución. Iba escuchando música, con los ojos todavía hinchados. Ya casi llegando, veo a las nenas sonrientes con cara de “¡por fin viniste!” viniendo a recibirme. Un hombre sentado a la sombra de unos arbustos, bien flaco, laburante, con unos cacharritos encima y cara de haber tenido una vida difícil me dice:

– ¿Viniste caminando? ¿Desde allá? ¿Solo para darle apoyo escolar a estos pibes?
Se sonríe. Yo también.
– Así, sí que vale la pena (me dice mientras sube su dedo pulgar en gesto de aprobación).

El hombre le devolvió un poco de alegría al día.
Si él supiera que Fidel también tiene la culpa de que todo eso valga la pena.

***

Dolor de cabeza intenso. Tengo que hacer millones de cosas, pero vengo comiendo para el carajo los últimos días. Entre viaje y viaje, corte de ruta, y todo lo demás, uno se olvida de comer bien. O no tiene tiempo, que para el caso es lo mismo.

Me tiro una siestita –bien misionera- pero merecida. Me despierto y tengo un mail de mi mamá. “Chicos -todavía nos dice así, a pesar de lo grandecitos que estamos, supongo que se es madre toda la vida- estoy muy triste, no sólo por la muerte de Fidel, por la de Marcos Ana, un excelente poeta español y el que más años pasó en las cárceles franquistas, sino también por los tiempos que se avecinan y que -a diferencia de otras épocas- comprende no sólo al futuro de América Latina, sino sobre todo un escenario mundial, ya que si uno analiza, en TODAS las regiones del planeta, avanza la derecha a paso redoblado. Pero reconozco, parafraseando al último libro de Marcos Ana, en 2013, escrito a sus 93 años y que dedicó a la juventud, que Vale la pena luchar. Los abrazo. Mamá”.

Pensé en aquella España, en esa revolución por las que tantos republicanos dieron la vida. Me acordé que Federico, un compañero y amigo (no sé qué orden de adjetivos sería el más correcto) con quien compartimos la más profunda admiración sobre ese episodio de la historia, había subido hace pocos días unos poemas maravillosos que quedaron rebotando en el aire.

Pero el gesto materno de mi vieja, que aun cuando relata tristeza, no deja de transmitirme que lo que hacemos vale la pena, que las decisiones que tomamos en nuestra vida ayudan construir el futuro que soñamos, no puede menos que llenarme de amor.
Así que, gracias Fidel por enseñarnos a luchar. A nuestra manera, todos los días te rendimos pequeños homenajes.

(*) Colaboradora de revista superficie