“El veneno no dice: vos sí, vos no; generaliza, mata”

“El veneno no dice: vos sí, vos no; generaliza, mata”

    “Los plaguicidas son tóxicos, son venenos y nos están enfermando,
    las enfermedades que vemos y tenemos no son casuales, son generadas,
    principalmente, por la fumigación con estos agrotóxicos”
    (Primer Encuentro Nacional de Médicxs de Pueblos Fumigados, 2010)

    “Nunca somos pocos. Estamos haciendo, estamos caminando,
    y en el camino vamos creciendo, nos hacemos multitud, barricada, acampada. (…)
    Festejemos los pequeños triunfos. Refuerzan el ánimo. Esto recién empieza”
    (Raúl Zibechi, Prólogo “La patria sojera”)

Por Carolina Gómez (*), desde Paraná, Entre Ríos

Una tarde de abril llegué a la casa de la Familia Tomasi. Imposible no reconocerla. A lo lejos ya pude observar el verde chillón que Fabián me había indicado. “Verde orgánico Andrés Carrasco”, lo había bautizado en honor al científico argentino que comprobó en embriones anfibios que el glifosato, sostén del modelo sojero, tenía efectos devastadores.

Antes de pasar a la casa, en la galería del frente, Fabián me mostró una planta de amaranto que tenía hace ya algunos meses en un cantero. Según me contó era una planta rebelde, que había decidido oponerse al gigante de Monsanto. Es decir, era una hierba que a diferencia de todas las “malas hierbas” a las que mataba el Roundup (herbicida total a base de glifosato), le hacía frente, resistiendo y causándoles luego un dolor de cabeza a los productores que querían vender su cosecha de soja.

veneno - verde chillón

Entré a la casa, y con aquellas palabras aún resonando en mi cabeza (”verde orgánico Carrasco”, “el amaranto resiste al glifosato”), se me vinieron a la mente algunas preguntas: ¿cómo habría sido la primera vez que Fabián y Andrés se conocieron?, ¿cómo habría sido su vínculo? E Inevitablemente la pregunta de siempre: ¿por qué no hay más Carrascos dando vueltas? Ésta última, sin dudas, la más difícil de responder…

Ya adentro, me acerqué a saludar a Bety, la madre de Fabián, una señora muy amable que pronto me haría sentir parte de la familia. Al rato conocí también a Nadia, su única hija y fiel compañera, como lo demostraba en todos los congresos y jornadas a los que Fabián era invitado. Por supuesto, no podría olvidarme de una integrante fundamental de la familia Tomasi: Cholita, la perra que para Fabián era lo mejor que le había pasado en la vida después de Nadia.

Fabián Tomasi, la historia de muchxs

Fabián Tomasi, 50 años, nacido y criado en Basavilbaso (localidad ubicada al sureste de Entre Ríos) es una de las tantas víctimas del modelo de agronegocios o, como prefiero llamarlo, el “modelo de la muerte”. Muy a su pesar, por ser testimonio, con su propio cuerpo, de los efectos de los agrotóxicos en la salud humana, y por haberse dedicado años a leer, intentar comprender lo incomprensible y sacar sus propias conclusiones de lo que le había pasado, se convirtió en una figura referente del tema. Participó en más de una oportunidad en congresos y encuentros sobre pueblos fumigados, agrotóxicos, salud humana y medio ambiente.

veneno - Basavilbaso
A su casa han llegado periodistas, estudiantes y viajeros de todas partes, para conocer su historia. El caso de Fabián no es un caso más, como a muchos les gustaría que pensemos, para archivar en la memoria y seguir como si hubiese pasado tan solo una brisa. La historia de Fabián no es una historia más, es la historia de muchxs otrxs; solo que él decidió ponerle su cuerpo y voz a esta lucha.
Dentro de esxs muchxs hay una inmensa cantidad de niñxs que padecen en silencio y también hay adultos que deciden callar. Fabián se pregunta: “¿Es tan mala la vida para que te agarre cáncer o te enfermes y ni siquiera te preguntes por qué te enfermás?

En el 2005, tras haber trabajado como carpintero, constructor y en la cooperativa agrícola de su ciudad, Fabián se empleó como apoyo terrestre en la fumigación aérea. Sus tareas consistían en abrir los envases de agrotóxicos (con productos como el glifosato, endosulfán y cipermetrina, entre otros) que dejaban al costado del avión, mezclarlos en un tarro de 200 litros con agua y luego enviarlos a través de una manguera al avión.

El trabajo este era simultáneo con el de bandera, ya que luego de cargar los aviones, hacían el clásico “15 pasos para acá, 15 pasos para allá” marcándole al piloto donde debía fumigar.
Solían trabajar en descalzos y sin la vestimenta adecuada para protegerse de los vapores tóxicos o salpicaduras de los agroquímicos.

Por instrucciones del agricultor, con tal de no “echar nada a perder”, en vez de tirar 600 mililitros de productos por hectárea como supuestamente recomendaban los ingenieros agrónomos, echaban 1 litro, 1 litro y medio.

Cuando le pregunto si él era consciente de que esto podía traerle inconvenientes en su salud y la de sus compañeros, responde: “Al principio no, luego comencé a intuirlo, porque escuchando en la radio, había un programa de una emisora de una ciudad vecina, y ahí empezaron a hablar de los agroquímicos. Un día robé el teléfono del hangar donde trabajaba y en anónimo le pedí que sigan con el tema, porque era algo que estaba afectando mucho. Había empezado a juntar marbetes, a leer, a interiorizarme sobre el tema”.

Tal vez lo que nunca se hubiera imaginado es que él también sería uno de los afectados. Fabián se hizo conocido por algo que nadie querría, su enfermedad.

En el año 2007 comenzó con algunos síntomas extraños, quemazón en las puntas de los dedos, heridas y dolor en las articulaciones. Durante un año lo trataron por diabetes (enfermedad que ya tenía), hasta que un médico del pueblo le dijo que sus síntomas mostraban que, a causa de los agrotóxicos, estaba literalmente envenenado. En el año 2010 la Junta médica de la ANSES le diagnosticó polineuropatía tóxica severa –síndrome neurológico que incluye un conjunto de enfermedades inflamatorias y degenerativas que afectan al sistema nervioso periférico- y reconocieron también que su cuerpo estaba intoxicado por los químicos.

El cuerpo médico que lo atendió le advirtió que su estado era muy crítico y le dijeron que tenía un promedio de 6 meses de vida. Hoy sigue luchando de pie.

Como Fabián lo explica claramente, su prioridad hoy por hoy es hablar hasta que pueda, decir la verdad que muchos niegan o simulan no escuchar, por su crudeza: “El veneno no dice: vos sí, vos no. Generaliza, mata, tiene acción total. Son sustancias que a la larga afectan, el problema va a ser que la gente crea que es eso”.

Fabián sabe que no contrajo la enfermedad por la cantidad de tiempo que estuvo en contacto con agroquímicos: “Esto no es cuestión de tiempo, es cuestión de segundos. Hay algo que se llama regeneración celular. Entonces ante un comentario como ‘Yo trabajé toda la vida, y a mí no me paso nada con venenos’, está la respuesta de que periódicamente el individuo tiene una renovación celular, y que si justo el veneno afecta durante esa modificación, puede convertir la célula en maligna”.

Actualmente Fabián se encuentra jubilado por discapacidad; la ANSES le expidió un certificado en donde deja constancia de que tiene “funciones severamente disminuidas en ambas manos, piel a tensión sin huellas digitales, disfagia a sólidos (dificultad para deglutir), múltiples nódulos de calcio” (reacción del cuerpo para encapsular y eliminar el veneno); además de “disminución de fuerza muscular generalizada, alteraciones sensitivas, adelgazamiento y dermatomiositis”.

Hoy Fabián se pregunta qué es lo que hace que aún esté de pie. Y para esto tiene dos respuestas. Por un lado, sabe que la medicina alternativa a través de la terapia neural ayudó a equilibrar su sistema inmunológico, pero también es consciente de que la mente puede enfermar o curar. Está seguro de que hay una fuerza que emana de él, que lo mantiene de pie, y que es la fuerza que lo lleva a luchar contra el uso de agrotóxicos. Fabián insiste en una idea fundamental: no existe otra forma de vivir que no sea con la verdad. “Los agrotóxicos matan, no hay forma de hacer un uso responsable, es una mentira. En una sociedad sumergida en la mentira, como ahora, como la actual, cualquiera que diga la verdad es aislado, porque nadie la quiere escuchar, porque saben que es muy fuerte y lastima. Pero hay que afrontarla, tarde o temprano tenés que afrontarla”, asegura.

Reflexiona y como pensando en voz alta dice: “El veneno a mí me dio el golpe en la cabeza para darme cuenta que yo no quepo en esta forma de vida”.

Qué puedo yo decirle más que quisiera que sepa que somos muchxs lxs que no cabemos en “esta forma de vida”, somos muchxs lxs que sentimos que algo no marcha bien y que si este rumbo se mantiene seremos cada día más lxs que gritemos como Mafalda: ¡Paren el mundo que me quiero bajar!

Alguien que sin dudas no cabía en “esta forma de vida”, pero intentó con la herramienta de la investigación acompañar y aportar a la lucha de los cientos de pueblos fumigados, fue el médico especialista en biología molecular, Andrés Carrasco, nombrado al comienzo de esta nota, un hombre que entendió desde un comienzo que la ciencia no podía estar separada de la acción y el compromiso. En sus conversaciones solía decir: “No descubrí nada nuevo. Digo lo mismo que las familias que son fumigadas, sólo que lo confirmé en un laboratorio”. Honestidad y humildad, de eso sí conocía bien el doctor Carrasco.

Fabián me contó varias situaciones vividas, inexplicables para la medicina alopática, como la regeneración del dedo de la mano derecha, y también los episodios de pulmonía que sufrió y que en su estado crítico atendió solo con antibióticos. Cuando me estaba despidiendo se me ocurrió preguntarle si acaso estaría naciendo en él un hombre nuevo, si acaso podría ser él, como el amaranto, resistente al glifosato. Me miró pensativo y dijo: “No quiero tanto, pero ojalá algo de lo que me pasa sirva…

Traigo aquí una pregunta que me hago constantemente para despertarme cuando me observo somnolienta o cuando veo que mi sensibilidad corre peligro: ¿es posible la neutralidad ante la injusticia sin faltar a la moral?, ¿es posible ver el dolor de lxs otrxs como algo ajeno sin sentirlo en lo más profundo?

Al que le resuene la pregunta, que se haga cargo y luego que busque adentro la respuesta. Yo ya tengo la mía y viene de la mano de la acertada frase del mágico Ernesto Guevara: “Endurecerse sin perder la ternura jamás”.

(*) Doctoranda en Antropología Social. Colaboradora de revista superficie

Fotografía destacada: Gentileza Nadia Tomasi.