El padrino

La fresca tarde del Sábado de Gloria auguraba el nacimiento de la otra parte del año donde los pájaros, bestias y hombres suspiraban aliviados de las extrañas ataduras de los días anteriores. Las sombras del Jueves Santo y el sacro Viernes, traían reminiscencias del más grande de todos los grandes del planeta que había perecido por sus pares. El Verbo hecho carne fue una revelación inigualable para la humanidad toda, con su beso de amor y ternura sin igual, Jesús crucificado derramó su sangre y vertió su presencia sanadora, de resurrección y vida.

Semana Santa es la presencia, en tiempo y forma, de lo más sagrado sobre ambas márgenes del Alto Paraná. El furor y la fiereza de estos rudos habitantes se disipa como un acto de magia y hasta el más endemoniado de los seres se estremece sin reparos. El Santo Padre y único Dios del universo que dio a su bien amado Hijo como se entrega una parte del cuerpo a los lobos para proteger al resto del mismo, tiene un poderoso influjo sobre ellos.

Bautismo y comunión de todas y cada una de las especies de la existencia. La clara enseñanza del amor en la entrega y sumisión.

Así mismo, en sus pensamientos, el viejo Inambú, y luego con su falta de pericia, en precarias palabras hablaba.

Muchos pareciera que no ceden nada, pero éstos, justamente, nos dejan el ejemplo de lo que no debemos ser. Las personas malas, ambiciosas, etc, caracterizadas con las miserias humanas, nos marcan a fuego el camino que no debemos pisar. El vacío que se percibe en ellos es suficiente muestra para no caer en las huellas del innombrable.

El padre, que alguna vez fuera hijo, trae consigo esas revelaciones.

Padrino de varias generaciones, don Inambú no trajo niños al mundo pero su tortuoso pasado de mensú y capanga, paradójicamente, lo hacía dueño de los más bellos de los tesoros: La ternura, la bondad y los buenos consejos. Su personalidad lo hacía merecedor del afecto de grandes y pequeños del lugar.

La costumbre más curiosa de esos tiempos respecto de la Cuaresma era lo siguiente: La mejor gallina, un lechón o huevos eran los regalos que se le llevaba al padrino.

En el breve espacio dedicado a la reflexión y al perdón, no se debía correr, gritar y la rigurosa abstinencia al consumo de carne roja era implacable. Por otro lado abstenerse de reprender y azotar a los niños traviesos —“Ya te voy a pascuar”, —decían amenazantes los padres a sus hijos, haciendo una marca en un papel o sobre una pared. Y era el Domingo de Pascua, cuando el niño pedía la bendición de su papá o mamá, quienes contaban las marquitas acumuladas en algún lugar, “–Chiplé–chiplé–chiplé…” sonaban las palmadas, ya que cada marca significaba un azote o nalgada. Luego sí, la bendición, el perdón y alguna golosina no demoraban en llegar. Tortuoso, pero netamente disciplinario con la consiguiente preservación de una cultura de respeto hacia lo sagrado, generación tras generación.

El curandero y padrino don Inambú tenía ese no sé qué que lo hacía tan querible. Él “pascuaba” a sus ahijados y aun a sus compadres, que a su vez eran también ahijados suyos, con suaves golpes en la espalda. Sus “azotes” eran reprimendas por no haberlo visitado con frecuencia.

Era admirado y querido por el pueblo, y esto hacía que hombres, mujeres y gurises de todo el asentamiento altoparanaense pidieran su bendición y buen consejo. La bendición del padrino es tanto o más fervorosa que la del propio padre. Su defensa espiritual como su maldición son poderosas y temibles.

Esa mañana de Pascua, el padrino, estaba trabajando en el corral. Sin interrumpirlo, el visitante, dejó un presente —un lechón— dentro del rancho. —Su bendición padrino, —le dijo. Hizo la señal de la cruz sobre sus manos juntas y le golpeó con afecto los hombros.

—Para curar una bichera de animal hay que apuntar con el pulgar hacia arriba, en dirección al agujero de los gusanos, girar el puño hacia abajo y descender al suelo contando del nueve al uno hasta tocar la tierra dejando una marquita. Por último, con un cuchillo escarbar esa parte de tierra y darla vuelta, ya va a ver que dentro de poco tiempo sangra la herida y caen los gusanos… —Le enseñó don Ina, en plena Pascua a su visita. Ese tipo de cosas eran sus obsequios para los más grandes pero sin embargo a los más pequeños daba una golosina. Ya que a su alcance no estaba otro tipo de regalos como potrillos, o un par de alpargatas, o una Biblia como era costumbre en los padrinos de mejor condición económica.

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Otros consejos aplicables al cuento:

No se debe:
Realizar tareas de la casa en Jueves y Viernes Santo, pues es momento de reflexión y de descanso, tal es así que se dice, que cuando se parte a la otra vida, el alma vuelve con los sonidos de tales rutinas.
Del mismo modo abstenerse de tener relaciones sexuales porque “se queda chancho”.

La cruz:
Cuando se quiere liberar a un alma del poder del demonio hay que ordenarle “Abandone su víctima por el poder de la Cruz …porque en sus brazos murió Jesús”.
Cuando encuentras una cruz en tierra no consagrada tomar una piedra y luego de limpiarla bien, colocarla sobre uno de los brazos de la misma rezando un Padrenuestro (“Cuando llegue el momento de tu propia muerte y comparezcas ante Dios, el dueño de esa cruz va a poner esa misma piedra en el lado de la balanza donde se pesan tus virtudes”).

La faja, de uso del varón de la casa, tiene el poder de ahuyentar a las malas presencias, o cuando se tiene miedo. Se lo dispone en el lugar conformando una cruz. También se lo utiliza para cualquier tipo de curación, por imposición. Gran protector de la casa en ausencia del dueño.
Dicho popular: “no hay abogado más poderoso que la cruz por que en sus brazos murió Jesús”.

© Theodosio Andrés Barrios – Cuentos de la Picada – (2da. ed.) Eldorado Misiones.: Th Barrios Rocha Ediciones, año 2011 – 152 p.; 21×18 cm. – 978–987–05–0587–7
1. Narrativa Argentina–Cuentos. I. Título
Imagen: Nuñes.