El kirchnerismo no inventó las guerras entre periodistas

El kirchnerismo no inventó las guerras entre periodistas

678, Clarín, Lanata, Verbitsky, Tenembaun, Aliverti, Gvirtz, Hadad, y otros. El gran periodismo argentino y sus devenires, en la pluma retrospectiva del sociólogo Leandro Germán.

Por Leandro Germán (*)

“¿Qué habría sido de esta sociedad en los ’90 de no haber existido el periodismo?”, se preguntó Pepe Eliaschev ante Alfredo Leuco y Marcelo Longobardi en un programa que estos últimos conducían los domingos a la noche en América TV y que fue levantado (dicen) por presiones oficiales. Era 2006. Se trataba, por supuesto, de una pregunta retórica que, así y todo, admitía varias respuestas. Una posible: habría sido lo que efectivamente fue: una sociedad cada vez más pobre con periodistas cada vez más ricos. Algunos, incluso, con mansiones en Punta del Este.

Pero vayamos más atrás. Hasta 2004 existía desde hacía casi una década la asociación PERIODISTAS, que nucleaba a las celebrities de tan digno oficio. Era tan pluralista que en ella lograban convivir desde Horacio Verbitsky hasta Morales Sola, es decir, desde un ex montonero hasta un ahijado de Antonio Domingo Bussi. En 2004, la ONG saltó por los aires ante la primer prueba seria: la censura a un artículo de Julio Nudler en Página/12 sobre las andanzas de hombres que reportaban a Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete del gobierno kirchnerista, durante el menemismo. Tras acaloradas discusiones, PERIODISTAS dejó de existir (en el fondo, era lo que deseaba Verbitsky). Fue el final penoso de una unión contra natura entre individuos que, en otras épocas, habrían terminado a los tiros.

Verbitzky Morales Solá

Pero vayamos más atrás. En 2003, poco después de la asunción de Néstor Kirchner, Mirtha Legrand invitó a su mesa a Tenembaum, Zlotogwiazda y Eduardo Aliverti. El gobierno ya estaba pulseando con la mayoría automática menemista en la Corte Suprema y había manifestado su disposición a derogar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Consultados por la diva, Zlotogwiazda y Tenembaum derrocharon optimismo frente al nuevo gobierno. Aliverti, en cambio, fue más cauto: “Yo creo que Kirchner va a seguir gobernando para la clase media”, sostuvo. Era la época en que Alberto Fernández definía al de Kirchner como un “gobierno de opinión pública”, lo que, traducido, equivalía a afirmar que el gobierno tenía excelentes relaciones con Clarín. Hoy Aliverti es un kirchnerista convencido. En 2008, Zlotogwiazda y Tenembaum fueron contratados por TN. Veintitrés, la revista en la que escribían, consideró que el hecho era un acontecimiento y lo puso en tapa. Hasta entonces, y durante cinco años, ambos habían sido sabbatellistas avant la lettre (apoyaban lo mucho bueno y criticaban lo poco malo). Una vez desembarcados en TN, se alinearon en todo con la empresa que los había conchabado. Se embanderaron con “el campo” en el conflicto por la 125 y con el Grupo Clarín cuando el gobierno amagó con expropiar las acciones de Clarín y La Nación en Papel Prensa y, en su lugar, terminó enviando al Congreso una inocua resolución que declaraba de interés público la producción de papel para diarios.

(Debo decir que Tenembaum se ganó una partecita de mi corazón en julio de 2002, tras el asesinato de Kosteki y Santillán, cuando, desde las páginas de Veintitrés, respondió a una columna macartista del entonces duhaldista Leuco en Noticias, en la que responsabilizaba a los piqueteros “radicalizados” por ambas muertes. Tenembaum salió en defensa de las organizaciones piqueteras. No le conocía semejante coraje. El duhaldo-lavagnista Leuco apoyó a Kirchner hasta la eyección del ministro Lavagna del gobierno, algo que ocurrió tras las legislativas de octubre de 2005. A partir de allí, y sin mayores explicaciones, pasó a revistar en la oposición. Desde Radio Mitre, Tenembaum también le dio manija al caso Mariano Ferreyra. Es de lo mejorcito que hay dentro del decadente panorama del periodismo argentino).

tenembaun zloto

Pero vayamos más atrás. El 25 de enero de 1998 se cumplía un año del asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. El periodismo “respetable” se autoconvocó en Pinamar con el propósito de hacer un acto público para exigir justicia. La concurrencia (masiva) a dicho acto estuvo compuesta por veraneantes porteños de clase media que se encontraban en la costa atlántica. Por televisión pude ver cómo la multitud reunida se abría ante la marcha de Verbitsky, Nelson Castro y Magdalena Ruiz Guiñazú hacia el escenario. Un gran periodista (también un gran hijo de puta), un periodista anodino y médico manochanta y una señora de Barrio Norte a la cual la licencia de periodista le queda grande. Ellos avanzaban y la multitud se abría a su paso. Las aguas del mar Rojo se escindían para que lo atravesara Moisés. Era una imágen bíblico-hollywoodense. Yo, un estudiante de Sociología escéptico respecto del rol que se le atribuía al periodismo durante el menemismo, jamás había visto algo así. Tuve que sacudirme varios prejuicios. En el acto previsto habló Verbitsky: denunció la “hiperactividad” del gobernador Duhalde, que a la postre acabó condicionando la investigación y dirigiéndola contra Yabrán. El periodismo era eso y ese era su predicamento, al menos sobre la clase media argentina. Hoy, esos tres periodistas jamás podrían compartir una caminata semejante.

Pero vayamos más atrás. A mediados de 2002, antes de que lo comprara Hadad, Azul TV emitió un programa llamado “El día que…”, conducido por el actor Jorge Marrale. Basado en el frondoso archivo de Canal 9, el envío daba cuenta de episodios cruciales de la historia reciente. Uno de los programas estuvo dedicado a la formación de la Alianza, en agosto de 1997. Uno de los personajes que brindó su testimonio fue Federico Polak, vocero, en 1997, de Raúl Alfonsín. Polak narró el detrás de escena de la presentación oficial de la Alianza en un hotel del centro porteño. Contó cómo, terminada la presentación, todos los periodistas presentes comenzaron espontáneamente a aplaudir. No era un acto de militancia. Sencillamente expresaban hasta qué extremos había llegado su empatía con la recién parida coalición. El periodismo estaba con ellos. La Alianza ganó las legislativas de octubre de ese año. El ministro de Economía de Menem, Roque Fernández, calificó a dicha victoria de “golpe mediático”.

En abril de 2001, América TV decidió levantar el programa que conducía todos los días Juan Di Natale y programar en su lugar “Después de hora”, conducido por Daniel Hadad y con Antonio Laje y Eduardo Feinmann entre sus panelistas. Hadad ya era exitoso en Radio 10, su radio. Había llegado el turno de la televisión. “Nos vemos pronto”, se despidió Di Natale en el último programa. Nadie daba nada por Hadad. El programa fue un éxito, en una pantalla fría y en un horario marginal (la medianoche). Es difícil exagerar cúan disruptiva fue la irrupción de ese programa. No hacía falta ser lindo, progre, biempensante y antimenemista para ser exitoso. Se podía ser fascista y antipiquetero, y el rating también acompañaba. La progresía no se lo perdonó. La comunión de los santos se sintió herida en su amor propio. A partir de entonces, y durante varios años, Hadad ganó la encuesta de la revista Noticias al “peor periodista del año”. En julio de 2002 compró Azul TV, le devolvió el nombre de Canal 9 y lo puso a disposición del menemismo. Pero Menem se bajó del ballotage y Hadad tuvo que acomodarse a los tiempos kirchneristas. El kirchnerismo pateó un hormiguero: hubo progres que quedaron del lado de la oposición (Lanata), progres que quedaron del lado del gobierno (Página/12), derechistas que apoyaron al gobierno (el Canal 9 de Hadad y luego C5N) y derechistas que hicieron oposición (Ámbito Financiero, La Nación). El kirchnerismo dislocó todas las coordenadas. Eso era lo que no podía comprender Eliaschev en 2006. Los ’90 habían quedado atrás.

El kirchnerismo no inventó las guerras entre periodistas o entre canales. Existían desde bastante antes. El caso Grassi enfrentó al Grupo Clarín, secundado por América TV, con el Canal 9 de Hadad. El padre Grassi se entregó a la policía tras ser entrevistado en un estudio de Canal 9 por Mauro Viale y Antonio Laje. Otro tanto ocurrió con el secuestro del padre de Pablo Echarri. América TV y Canal 9 se enfrentaron de modo descarnado. La pantomima de la “corbata con pintitas” de Mauro Viale, los vínculos de un productor de su programa con una banda de “mejicaneadores”, el hecho de que casi todo el periodismo televisivo (incluso figuras de América como Tognetti) dieran por muerto al secuestrado, mostró el nivel de virulencia que podía llegar a alcanzar una guerra entre “colegas”.

TVR hace hoy lo que siempre hizo: periodismo de periodistas. Ernesto Tenembaum asistía gustoso a contemplar cómo el programa despedazaba a sus colegas derechistas de la escudería Hadad. En 2007, TVR hizo, desde Canal 13, una campaña descarada en contra del voto a Macri en las elecciones para jefe de Gobierno porteño. Un año después, se alineó con “el campo” cuando el canal desde el que se emitía hizo lo propio. En 2010 pasó a Canal 9. Ahí se metieron con Tenembaum. Y entonces a Tenembaum el periodismo de periodistas le dejó de gustar.

Periodismo Para Todos (PPT), el programa que, conducido por Lanata, se emitió entre 2012 y hace unas semanas, es de lo peor que se ha visto en la historia de la TV argentina. Como lo hizo otras veces, Lanata eligió rodearse de lo más mediocre que encontró en el ambiente periodístico. Grasa, berreta, populista, los bluffs se sucedieron uno tras otro: las Seychelles, el presunto viaje de Boudou a Uruguay, la empresa atribuida a D’Elía, la secretaria que veía pasar bolsas con dinero y que desmintió todo en sede judicial, la bóveda de utilería cuya puerta se abría para adentro, y así podríamos seguir. Fuera de eso, Lanata se dedicó a mostrarle pobres a la clase media incapaz de aventurarse más allá de sus barrios, algo que ya habían hecho antes Punto/doc, Gastón Pauls y Juan Castro, justo en el punto en que la exposición se confunde con la explotación. En el medio, Lanata tuvo tiempo para apoyar la represión de la Policía Metropolitana a los pacientes y profesionales del Borda. Una vez que Macri hubo ganado las elecciones, Lanata hizo la “gran CQC”: durante tres años, Pergolini hizo camapaña por la Alianza. Cuando De la Rúa fue electo presidente, dio por culminado el ciclo. Reapareció, con un especial, el 20 de diciembre de 2001, con sus periodistas golpeando demagógicamente cacerolas mientras Cuatro Cabezas, la empresa de Pergolini y Diego Guebel, seguía filmando los spots que instruían sobre cómo operar con tarjetas de crédito y débito en un contexto de bancarización forzosa.

Es difícil decir sobre 6,7,8 algo que no se haya dicho. 6,7,8 le mostró a un público amplio lo que algunos sabíamos: que el Grupo Clarín es un mamarracho. Operó cuando tuvo que operar. La operación más recordada tuvo lugar el 20 de octubre de 2010, cuando el programa falsificó la fecha de un artículo periodístico para responsabilizar a Duhalde por el asesinato de Mariano Ferreyra. Con la asunción de Macri, ha pasado del oficialismo a la oposición. ¿Se lo va a extrañar? Tal vez.

(*) Sociólogo.