literarias
literarias

Por Alejandro Rodrigues (*)

In memoriam Dr. Agustin Goiburú

El trinar de los pájaros se detuvo casi de golpe en las frondosas ramas de los mangos; ese repentino silencio me despierta sobresaltado esta mañana calurosa de Febrero, en las afueras de Asunción.
Tengo la certeza de que el ejército va a rodear la manzana en donde me encuentro escondido e iniciar los allanamientos en mi búsqueda casa por casa. Mi certeza es sólida e inquebrantable. Me visto con urgencia, voy hasta la puerta de la calle para intentar percibir la presencia de los que me buscan. Escucho algunos pasos de andar pausado, eso me tranquiliza e intento ordenar mis pensamientos. La pinza de los uniformados debe estar cercando la manzana en donde me encuentro. Vivo solo aquí, en esta casa que me prestaron mis compañeros, en un alejado barrio suburbano. A unas cuadras comienza el descampado, más allá unos bosque tupidos atravesados por una ruta que a estas horas de la mañana es poco transitada.
Es urgente salir de aquí. No me van a detener vivo. No debo caer prisionero en manos del enemigo. Horribles torturas aplicarán sobre mi cuerpo, lenta y llena de suplicios será mi agonía.
Me visto con unas avejentadas ropas de hombres que vi en una de las habitaciones vacías, me arremango los pantalones, me cubro la cabeza con un sombrero pirí campesino y arrojo lejos mi calzado; ya con los pies desnudos y mi camisa apenas abotonada, tomo dos botellas de vidrio que encuentro en la cocina que sirven de envase de leche.
Salgo a la calle decidido a enfrentar a la muerte, a anhelar la vida.
Abro cautelosamente la puerta y veo a algunos vecinos que otean la calle desde las ventanas de sus casas, otros miran extrañados, buscando entender qué sucede en las calles del barrio aquella mañana aún somnolienta.
Pongo los pies en la vereda, camino despacio, aparento tranquilidad en cada paso desnudo y cansino que doy. Una cuadra más allá los militares golpean las puertas de los vecinos con las culatas de sus fusiles. Entran violentamente en medio de maltratos e insultos a los habitantes de las casas.
Un oficial y cuatro soldados se adelantan y vienen hacía mí. El terror me paraliza, aprieto fuerte los picos de las botellas vacías contra mi pecho. Inclino la cabeza con humildad y les cedo el paso por la vereda. Pasan raudos apenas mirándome, están buscando a ese infame traidor, al doctor Agustín Goiburú y no a este campesino zaparrastroso y pynandi. Goiburú, ese colorado traidor que fue secuestrado, el de Posadas, Argentina, y fugado de la Comisaría 7° a través de un túnel. Sigo pasando por frente de las puertas de las casas que están siendo allanadas. Se escuchan gritos y golpes, aullidos de mujeres y llantos de niños. Los perros ladran furiosos ante la presencia de los uniformados invasores y violentos.
Miro hacia atrás con disimulo y veo que golpean con ferocidad la puerta de la casa que termino de abandonar; fuerzan la entrada y se introducen violentamente.
Apenas algunas cuadras más allá, inmensos pastizales se alzan persiguiendo el horizonte. El sol se asoma por completo en el saliente. Se inaugura radiante un nuevo día y el aire limpio desparrama frescura mansa. Camino por el borde de la ruta atravesando pequeños bosques de tupidas vegetaciones. A lo lejos se escucha el silbato de un tren. El día esta diáfano y celeste, el aire se impregna de aromas vegetales. Escucho arrullos de torcazas en las ramas de los lapachos.
Debo llegar a la frontera y cruzar el río.
Al terminar el día, camino protegido por la sombra de la noche casi a tientas y me detengo a percibir el murmullo de las aguas de algún arroyo para calmar mi sed. La luna sale llena y majestuosa esta noche, lo que ayuda a orientarme. De día me detengo oculto en los bosques y evito cruzarme con alguna partida del ejército.
Comienzan los primeros claros de la aurora. Según mis cálculos el río que sirve de límite queda a solo horas de caminata.
Allá a lo lejos, al alcance de mis ojos, distingo en el horizonte, la anhelada frontera con el otro país. Más allá de la rivera del río, prosigue la libertad y la vida, esos dones que acabo de recuperar.
Una bandada de pájaros rojos que cruza el cielo lejano, me da la bienvenida.

(*) Este cuento pertenece a libro “Sangre- Savia Tuguy-Yvyrary” del autor, publicado por la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones. Posadas, noviembre de 2016.

La imagen corresponde a un fotograma del documental sobre Agustín Goiburú “Ejercicios de memoria”, de Paz Encina.

Próximamente se publicará – a través de la Editorial Universitaria de la UNaM- la novela León Pytá (León Rojo), del periodista, docente y escritor misionero Rubén Morel. Se trata de una obra de ficción, perteneciente al género novela histórica, que propone un relato basado en los intentos del Movimiento 14 de Mayo de invadir Paraguay para derrocar al gobierno de Alfredo Stroessner, a fines de los años ’50. En exclusiva, ofrecemos uno de sus capítulos.

Pó Rembó

Esta noche, luego de escuchar la acostumbrada audición de propaganda oficial en Radio Nacional de Asunción, y de ilustrar a su mujer acerca de quién era el hombre llamado Stroessner, Desiderio rememora un recado que enviaron de Paraguay, casi 11 años después del ataque al pueblo de Buena Vista, cercano a San Juan Nepomuceno. “Don Desiderio –le dijo el mensajero- Pó Rembó le mandó a decir que ya le ha vuelto a crecer otra vez, dice que usted sabe de qué se trata”.
Solamente Desiderio y Pó Rembó compartían la clave de aquel encriptado mensaje. Durante la Revolución de 1947 Juan “Pó Rembó” (pene en mano) Aquino formó parte de las tropas coloradas que incursionaban por los pueblos y las colonias del Departamento de Caazapá. Las familias que se autoproclamaban liberales eran atacadas despiadadamente por verdaderas hordas, sin otro propósito que hacerse de los bienes de los campesinos, una práctica muy habitual del ejército al fustigar a sus satanizados enemigos. La fama de “Pó Rembó” no se había originado en sus acciones valientes o en sus actos de arrojo en combate, sino en el comportamiento criminal y salvaje. En nombre de los colorados arrasaba con las vidas y la hacienda de los desamparados labriegos, y como si eso no bastara también saciaba su desmedido apetito sexual atacando a horrorizadas adolescentes.
“Vo‟ „nco no podé i‟ con nosotros che‟ memby, todavía so‟ muy mitaí‟ para esto”, le espetó su tío Silvano Espínola, en tono enojado, una mañana en que éste reunió a la tropa para atacar el poblado de Buena Vista, con intenciones de dar un escarmiento a “Pó Rembó”, quien hacía cuartel en la comisaría y ejercía sus dominios en la zona como un rey tártaro. Desiderio tenía 14 años y casi nunca se despegaba del Winchester que le regaló su abuelo. Cuando vio que se estaba armando la montonera insistió en alistarse con los milicianos, hasta que finalmente el tío le advirtió: “Y bueno mitaí, podés ir con nosotros, pero va‟ a ir atrás y mantenete siempre alejado, si llega a pasá‟ algo malo vo‟nco ponete a rezá, pegá la media vuelta, taloneá el matungo y rajate pa‟l monte nomá”.
Después de cabalgar toda la jornada, los hombres comandados por el teniente Espínola llegaron de madrugada a Buena Vista, donde los soldados habían montado su base de operaciones, en un improvisado cuartel de policía. Era una casona típicamente de las zonas rurales de Paraguay, construida con paredes de adobe y techo de paja a dos aguas. A los fondos se anexaba una empalizada de troncos de karanday, donde se encerraba el ganado saqueado a los agricultores.
Los partisanos rodearon el lugar y lo que se presagiaba una balacera infernal resultó una mera excursión de caza, con presas de fácil captura. Se encontraron con una turba de soldados entorpecidos y obnubilados por la borrachera nocturna. Algunos, al darse cuenta del ataque sorpresa, alcanzaron a realizar disparos al azar, pero como no podían mantenerse en pie fueron apresados sin mayores dificultades y estaqueados en el patio, como era costumbre de época en circunstancias belicosas como esa.
Pó Rembó roncaba hundido en una hamaca amarrada a dos troncos de guayaba, sumergido en etílico sueño de aguardiente de los alambiques clandestinos de don Juan de la Cruz Morales. Entreabrió los ojos ensombrecidos al sentir un cosquilleo en el rostro. Dando manotazos en la mejilla, trató de poner fin al molesto hormigueo, seguro de que se trataba de algún insecto atraído por el dulzón aroma de la guarapa. Pero cuando su vista se aclaró, comprobó que aquello que le molestaba en la cara no era un insecto, sino el caño de un fusil restregándole el pómulo izquierdo. Tardó algunos segundos en reaccionar y reconocer el rostro ceñudo y el grueso bigote de Espíndola.
Cuando quiso incorporarse, tratando de apartar el caño molesto, dando manotazos, el teniente lo empujó hacia atrás haciéndole recostar nuevamente. En ese instante pareció como si se recobrara de la borrachera, un temblor se apoderó de todo su cuerpo y con la voz ronca y entrecortada trató de disuadir al teniente: “Esto se puede „arreglá‟ de otra manera cheraá… no… ¿cuánto „pa queré vo? Llevate‟ todo lo que quiera‟, la vacas, la mujere‟ y todo chera‟a”. Espíndola respondió con un culatazo fortísimo en la nariz, provocándole el crujido del tabique nasal al romperse.
“Ahora te vas a acordar Pó Rembó de todas las mitacuñá
(muchachas) que violaste, vamo‟ a ver si so‟ tan macho como cuando etá‟ con tu guardaepalda‟”, sentenció Espíndola con voz grave, en su rústico español. “Agárrenle y bájenle el pantalón, carajo”, ordenó. “¡Noooo tobayá, aniketobayá (no lo hagas cuñado)!”…, chilló Po Rembó con voz ronca, entre tosidos ahogados en sangre, como si adivinase la siniestra intención de sus captores.
Con las primeras luces del amanecer, Desiderio fue testigo de una espeluznante ejecución, acaso la forma más justa de resarcir las crueldades sufridas por la gente de su pueblo. Su tío se convirtió en el verdugo de aquel improvisado e indecente patíbulo en el patio de la comisaría de Buena Vista.
Ordenó a los hombres utilizar todas sus fuerzas para inmovilizar a Pó Rembó que forcejeaba y berraba como un cerdo a punto de ser sacrificado, tratando de conservar indemne el falo injuriador que los milicianos mantenían apretado contra el caño de un fusil. Y para evitar que siguiera chillando, uno de los partisanos, mientras otro aferraba con fuerza un mechón de cabello para evitar que moviera la cabeza, le amordazó fuertemente la boca con una pañoleta.
El teniente, que se había cobrado decenas de vidas bolivianas en la Guerra del Chaco (1932-1935), manejaba con maestría el machete, pero jamás antes imaginó utilizarlo de una forma tan impía. El “chaco‟ré” (ex combatiente) era un hombre endurecido por las encarnizadas batallas y por la sed en el inhóspito territorio chaqueño, pero todos los horrores y padecimientos en el frente no lograron arrancarle el sentido cristiano de la compasión. Por eso caviló un instante invadido por un sentimiento de misericordia hacia su víctima; y a punto estuvo de abandonar la idea de la mutilación. Se le ocurrió que, en todo caso, unos cuantos azotes serían más que suficiente escarmiento. ¿Lo sería? Sin embargo, como en un destello, una sucesión de imágenes de tantas muchachitas llorosas, cuyas vidas se habían truncado a raíz de las salvajadas del hombre que ahora gimoteaba subyugado, le invadieron la memoria. Todo ello le insufló nuevas fuerzas para seguir adelante en la consumación del castigo ejemplar. Además, no quería mostrar flojedad ante sus hombres, acostumbrados a las más peores barbaries.
Espíndola contuvo la respiración, estrujó los dientes y, alzando bien alto el brazo derecho, como el verdugo que se prepara para ajusticiar al condenado a muerte, dejó caer el machete con todas sus fuerzas. El golpe produjo un sonido metálico –que se prolongó unos instantes- al chocar el filo contra el caño del fusil utilizado como apoyo. En ese momento todos los hombres que presenciaban la escena en silencio se cubrieron instintivamente sus propios falos, como si fuesen ellos los condenados a castración. Algunos endurecieron sus estómagos y contuvieron la respiración cuando el miembro inerme rodó por el suelo y de la vejiga cercenada brotaba a borbotones un líquido rojo escarlata. El prisionero –entre quejidos ahogados- comenzó a convulsionar y entonces Espíndola gritó “suéltenle carajo, que esta jodida poronga nunca más volverá a pararse”.
Pó Rembó giró por el piso gimiendo, tratando de contener la sangre con las dos manos apretadas contra la vejiga. Una anciana que vivía al lado de la comisaría corrió en su ayuda exclamando y repitiendo “¡maraiko
(porqué) che‟ virgencita!”; con una palangana y trapos embebidos en caña se arrodilló para curarle la herida.
Concluido el desagravio, la tropa emprendió el regreso a San Juan. Desiderio cabalgó en silencio con una sensación extraña y contradictoria. Haber presenciado aquel acto horroroso, de absoluto salvajismo, si bien con causa sobradamente justificada, le produjo rabia, porque, después de todo, Pó Rembó en aquella circunstancia era simplemente un ser humano en completa indefensión. Tan indefenso como todas las muchachas que él había ultrajado en los últimos meses. No obstante ello, la ley del ojo por ojo estaba echada y ya no había vuelta atrás.

Elvio Romero es uno de los poetas más notables de Latinoamérica. Nació en Paraguay en 1925. Tuvo que exiliarse en Argentina en 1947 por razones políticas. Nunca pudo volver. La tierra, la mujer, el dolor por las vicisitudes de su patria, la esperanza y el amor, fueron los grandes temas de su vasta y vigorosa obra. Compartimos en esta ocasión, tres poemas del gran escritor paraguayo.

ALEGRES ERAMOS

Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!

¡Qué alegremente andábamos!

Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.

Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.

Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.

Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.

(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)

Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!

Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!

SON ELLOS

Amor: este es mi padre, Pablo,
paraguayo del Norte. Las nervaduras de su mano
son de tanino rojo. Lo siento avanzar como antaño,
callado y alto. Conoce el río y la madera.
Podría hechar a vuelo las campanas del pueblo.
La estrella de la tarde lo saluda en verano.
Y ésta es mi madre, Carmen,
fuerte y dulce. Tiñó los ojos de un color de cielo.
La veo venir por una senda de flores
cobijando a los hijos. Ella es del sur.
Vuela una mariposa por donde pasa. Una luz verde
la circunda. Trae un jardín en el pecho.
Habrá que abrir la casa
para acomodar estos ímpetus. Se me hace que la lluvia
llega con ellos (lluvia envuelta en resol y polvareda).
Acaso haya un recuerdo que los vuelva a otros años.
¡Vengan me digo a mí mismo; asiento,
para estos hondos visitantes! Ya están aquí,
padre y madre. De algún modo
será de ellos también este viaje a la lumbre
que emprenderemos, esta canción de luceros
que irrumpirá siguiendo la claridad del día.

BRINDIS AL DESCAMPADO

Y hemos de beber todavía
en esta guampa lisa de toro al descampado,
gustando una agua clara, mezcla de sangre y trino,
caña blanca y aroma de salvaje rocío,
bajo un cielo ocupado por todas las estrellas,
con el pie en el estribo, el poncho a la bandolera,
para seguir andando,
ebrios de un aire ardiente, de sol, de madrugadas
que cobijan el cofre de los sueños,
porque aún, y por un largo tiempo,
estaremos atados y enlazados a este solar purpúreo
de madera y tormenta, grito y llama,
y seguiremos brindando
-una vuelta en redondo para todos-
por la salud del Hombre,
del Hermano Radiante,
el compañero
-con un canto de guerra o de guitarra-,
por ustedes, amigos,
en esta guampa hermosa de toro, al descampado.

Elegimos y compartimos tres poemas de la autora misionera Olga Zamboni, una de las escritoras más importantes de la región, que falleció este 26 de enero. Poetisa, novelista, cuentista y docente, Zamboni era miembro de la Academia Argentina de Letras.

olga

REMEDIOS

Esa pastilla salvadora
Esa gragea de cuyo nombre
no quiero acordarme
Esos desnudos masajes
Esas dietas y rayos,
agujero en las venas
y mapas en la piel
Llega el día en que todo
se te hace conocido
corriente y
cotidiano
Comprendés en un momento azaroso
que ellos ya son tus compañeros
aunque no hablen ni piensen
son testigos de cargo
de íntimos escozores
Ya son como tus células
camino de la muerte.

VERANO EN DO(S)

Aquel verano fuimos dos y mi miedo
se abrió en arroyos de colores
frente a tu sed honrada y descreída
Flotaba enero con su escafandra de soles
y entre los dos buscábamos la sombra
de inexistentes violetas
Nadie nos vio hurgándonos la piel
en la noche infestada de grillos
No escuchamos el manso consumirse del fuego
ni el bisbiseo del arroyo
Solamente mirábamos
cada cual a su propio espacio sin dar vueltas
para encontrarse con el otro
Pasión de dos en dos aguas diversas
equivocadas
que creyeron ser una

EPITAFIOS

Quisiera que mi nombre fuera una letra clara
sobre la página atiborrada de escrituras
borroneadas en la vida
Que fuese
ese camino ambiguo de las dudas constantes
una señal de que existí
de que guardé en los ojos otras miles de letras
que me brindaron emoción y desvelo
En esa letra mía
aflorarán mis libros preferidos
mis queridos amantes de las tardes de lluvia
de las noches de insomnio
de la ansiedad por descubrirlos
Libros de tantos compañeros de ruta
jamás vistos y nunca compartidos
más que en la página mágica
inoculada en mí como un dulce veneno
Quisiera ser una letra clara sólo eso
impresa en verde sobre mi tierra oscura.


Fotografía extraída de Facebook Olga Zamboni

Hace 30 años exactamente, una editorial nórdica publicaba Ultramar, exquisito poemario del escritor obereño Alberto Hedman, entonces exiliado en Suecia. Compartimos aquí una breve biografía y un puñado de los poemas contenidos en aquel libro.

“Como un barco que al zarpar arranca el puerto, como un avión que borra el punto de destino (cuestiones éstas que no pueden ser resueltas por el afecto), Alberto Hedman, irradia sonidos e imágenes desde una habitación vacía no localizable. Estos círculos de fuego o niebla alrededor del azar de los sentidos, no buscan aprisionar la atención del lector, sino más bien liberarla de una cierta obsesión por la repetición y la copia” (contratapa del libro Ultramar, de Alberto Hedman, publicado en Suecia en 1985)

Alberto Hugo Hedman nación en 1950 en Oberá, provincia de Misiones, Argentina. A los 17 años comenzó a escribir y sus poemas fueron publicados en diversas revistas locales. Su formación autodidacta se enriqueció con experiencias teatrales y en el periodismo.

Los conflictos sociales que sacudieron a toda América Latina desde la segunda mitad de la década del 60 lo envolvieron activamente. La urgencia de la militancia determinó el abandono de sus tareas literarias.

Un par de libros inéditos se perdieron en esas circunstancias, y lo llevaron, en 1977, luego de dos años en Buenos Aires, a refugiarse en Brasil. Ese mismo año se exilia en Europa: primero en Alemania, luego en Finlandia para finalmente radicarse en Suecia. Tras su regreso a Misiones, ya en democracia, Hedman se desempeña como periodista, actividad que sigue ejerciendo.

Ultramar recoge y muestra las huellas de todo ese largo itinerario de tiempos y espacios dispares, vividos con toda intensidad.

SUPERVIVENCIAS

Dictar una conferencia al borde de un precipicio
para un público que cae sin paracaídas hacia el fondo
no es tarea fácil
aún cuando se tenga una larga experiencia en el vacío
y la perspectiva renacentista de una sonrisa aprendida de memoria
No es tarea fácil, cuesta arriesgarse a pronunciar una palabra (aunque por dentro se sientan las vibraciones del deseo sonando como la cuerda de un contrabajo de una iglesia gótica)
cuando el diario vivir te aprisiona con sus urgencias…
Cuántos centímetros de tristeza caben en un metro de aburrimiento
a cuánto se cotiza una lágrima verde en el mercado, los días grises cuando una delgada de nivel borra la música de los diccionarios.
Pareciera que ya es tarde hasta para atardecer
y es inútil que vengas a buscarnos hermanita de la buena conciencia
estampa del rendimiento eficaz, de la alegría redonda como un huevo.
No vengas a buscarnos que ya es tarde
nos han atrapado esos fantasmas grises con sus largas agujas
Igual no perdemos la esperanza.
En el río de Heráclito nadie te asesina dos veces

Seguiremos creciendo desacompasadamente, aún sin un horizonte definido y ya ni las sombras nos caben en el mapa.

CONTRADICCIÓN

La contrariedad de haber nacido
sin haber manifestado previamente ninguna vocación especial
para la vida,
es que se sigue viviendo por inercia.
Y como no se tiene el privilegio de nacer todos los días,
hay que aceptar los hechos consumados
adaptarse a los imperativos del programa
Entregar primero la infancia,
luego los atributos de de una madurez duramente conquistada
para, finalmente, cuando uno ya se había acostumbrado
a una vejez tranquila
tener que morirse obligatoriamente
sin haber manifestado con anterioridad
ninguna vocación especial para la muerte.

PROPUESTAS PARA LLENAR EL VACÍO DE UN DÍA CUALQUIERA

Podríamos inventar un mundo nuevo, fumarnos un cigarrillo
o ir de compras a algún supermercado.
Construir una sonrisa dentro de una botella oscura
o un naufragio dentro de un guante de terciopelo.
Podríamos tomarnos una cerveza, subir a mirar los edificios desde una terraza
Bajar a ver los delfines al estanque,
medir la distancia que hay entre la sombra de un pensamiento
y la velocidad del horizonte.
/o dejarnos atropellar salvajemente por uno de esos ciervos que aparecen siempre en los cuadros de paisajes montañosos/

Podríamos ir a sentarnos en el banco de una plaza
o acostarnos en un rectángulo de sombra
hasta dejarlo blanco
Podríamos escribir una carta sin palabras
Y no terminar nunca de leerla.

EN ALGUNA PARTE

En alguna parte, lejos
alguien está construyendo una puerta
por la que habrás de pasar.
Una ventana por la que verás entrar la luz del día.
Lejos, en alguna parte alguien mezcla cal con ladrillos
levanta las paredes de una casa
construye una silla
diseña la forma de una esquina o el refugio de un patio con jazmines
En alguna parte, lejos,
Alguien construye una mesa
en la que pondrás tu máquina de escribir,
tu lámpara, tu taza de café,
naturalmente
como si todo te estuviera esperando desde siempre
como si las cosas no viajaran también en el tiempo.

AZUL SECRETO

Es extraño que estando seguro de ser yo mismo
siempre haya otro apareciendo en mis retratos
Haciendo oír su voz en mis conversaciones, juicios y raciocinios
Su voz me dice:
Todos tus programas están cancelados, bailarín de la medianoche,
y tu colección de trajes será donada al Museo Etnográfico
y en un abrir y cerrar de ojos, hasta las sílabas te darán la espalda
Igual, en secreto, me visto de azul furioso,
y le dibujo música de sorpresas a la sombra.
En secreto miro por la ventana: recuerdo lo que no existe,
Imagino los colores dormidos de este día
Lo que podría ser yo mismo si no fuera tantas veces el mismo
y siempre otro.
Ese constante pasajero de ojos acuosos y pensamientos de pescado frito
que no se reconoce en sus retratos
y en secreto se viste de azul furioso.

PERSECUCIÓN

La vida, ese plato vacío
en el que nadan peces de todos colores
Peces veloces que no muerden nunca el anzuelo
aunque se les presente la carnada perfecta.
Un plato sin comida al que todos persiguen
con tenedores ansiosos y cucharas sedientas.
Hoja de papel arrancada de árbol antes de tiempo
traje cortado por las tijeras del misterio
al que es inútil llevar mensualmente a la tintorería.
Cuando se gasta lo mejor es hacerle bordados exquisitos
Y esperar a que llegue la noche.

TRÍPTICO

I
Sin fondo de violines ni horizontes marítimos
crece entre las hojas del mediodía
rechazando por igual la piel indeleble del recuerdo
y los tatuajes furiosos del olvido.
Ni una cosa ni la otra, no es la tierra, pero incluye lombrices
y travesías de pájaros que vuelven hacia el fuego.
No es el mar, pero le sale espuma, le cruzan corrientes de aire enrarecido
cardúmenes de horas errantes y una extraña ternura
que parece arrancada al fondo del océano.

II
Es esa mano incierta que borra los contornos de los cuerpos
Y te deja los ojos abiertos
Tan abiertos que el mundo se vuelve pequeño e inmenso al mismo tiempo
Como una fruta que violenta sus cerrojos y se desnuda
hasta volar y encontrarse como máquina ilusoria o pájaro impreciso en el aire.
Para decirlo de una vez, esta palabra
es un señor pálido de cabellera verdosa intentando
abrir las puertas de una casa en llamas.

III
Y el poema es un deseo súbito de abrazar a esa señora: lo imposible.
Una tarde de jazz con música de lluvia.
Un olvido que se encuentra a sí mismo entre los otros.
Un año bisiesto dentro de una caja de fósforos
/que alguien prende al para sin saber que en ello se le va la vida/
O al menos su forma desfigurada y convencional
Con fondo de violines y horizontes marítimos.

TRISTE MÚSICA DE ATARDECER LAS DESPEDIDAS

El atardecer llega saludando delicadamente a todo el mundo
con un abrazo triste que parece la estrella de un ahogado
Es la hora de la despedida
blanca como un pañuelo de seda acariciando las gargantas de los presentes,
que se van llenando de ausencia a medida que el barco abandona la costa.
/sin mirar atrás, con esa indiferencia propia de las máquinas/
Cada ojo se asoma a un puerto diferente
Y cuando el barco parte pareciera
que también los que se quedan se van alejando
Quien sabe a donde van las miradas que se pierde
cuando ya la imagen del barco no se distingue en el horizonte
Triste música de atardecer las despedidas.

LOS PIES SOBRE LA TIERRA

Probablemente sea lo correcto
sea la hora, de poner los pies
sobre la tierra
Naturalmente con cuidado
tomando las debidas precauciones
No es cuestión de enterrarse hasta la rodilla
y quedar ahí, sin poder moverse
soportando que las nuevas generaciones
te confundan con una planta exótica
o con un monumento del pasado.

No confundir terrestres
con enterrados.
Cuando digo con los pies sobre la tierra
quiero decir
con los ojos abiertos
quiero decir sin tanto abrigo, sin
tanto miramiento.
Quiero decir que deberíamos
estar desnudos, en el cuerpo y hasta en el cerebro
cuando vamos al cine y cuando le contamos a alguien
la película
– y por qué no cuando caemos en la tentación de oir o dar una conferencia–

De cualquier manera habría que cuidarse
de que nadie use su desnudez
como un traje.
Probablemente sea lo correcto
sea la hora de poner los pies
sobre la tierra.
Sin olvidar por cierto que la tierra misma
gira en el vacío

(publicado en Apuntes para la reconstrucción del silencio, Suecia, 1983).

La fresca tarde del Sábado de Gloria auguraba el nacimiento de la otra parte del año donde los pájaros, bestias y hombres suspiraban aliviados de las extrañas ataduras de los días anteriores. Las sombras del Jueves Santo y el sacro Viernes, traían reminiscencias del más grande de todos los grandes del planeta que había perecido por sus pares. El Verbo hecho carne fue una revelación inigualable para la humanidad toda, con su beso de amor y ternura sin igual, Jesús crucificado derramó su sangre y vertió su presencia sanadora, de resurrección y vida.

Semana Santa es la presencia, en tiempo y forma, de lo más sagrado sobre ambas márgenes del Alto Paraná. El furor y la fiereza de estos rudos habitantes se disipa como un acto de magia y hasta el más endemoniado de los seres se estremece sin reparos. El Santo Padre y único Dios del universo que dio a su bien amado Hijo como se entrega una parte del cuerpo a los lobos para proteger al resto del mismo, tiene un poderoso influjo sobre ellos.

Bautismo y comunión de todas y cada una de las especies de la existencia. La clara enseñanza del amor en la entrega y sumisión.

Así mismo, en sus pensamientos, el viejo Inambú, y luego con su falta de pericia, en precarias palabras hablaba.

Muchos pareciera que no ceden nada, pero éstos, justamente, nos dejan el ejemplo de lo que no debemos ser. Las personas malas, ambiciosas, etc, caracterizadas con las miserias humanas, nos marcan a fuego el camino que no debemos pisar. El vacío que se percibe en ellos es suficiente muestra para no caer en las huellas del innombrable.

El padre, que alguna vez fuera hijo, trae consigo esas revelaciones.

Padrino de varias generaciones, don Inambú no trajo niños al mundo pero su tortuoso pasado de mensú y capanga, paradójicamente, lo hacía dueño de los más bellos de los tesoros: La ternura, la bondad y los buenos consejos. Su personalidad lo hacía merecedor del afecto de grandes y pequeños del lugar.

La costumbre más curiosa de esos tiempos respecto de la Cuaresma era lo siguiente: La mejor gallina, un lechón o huevos eran los regalos que se le llevaba al padrino.

En el breve espacio dedicado a la reflexión y al perdón, no se debía correr, gritar y la rigurosa abstinencia al consumo de carne roja era implacable. Por otro lado abstenerse de reprender y azotar a los niños traviesos —“Ya te voy a pascuar”, —decían amenazantes los padres a sus hijos, haciendo una marca en un papel o sobre una pared. Y era el Domingo de Pascua, cuando el niño pedía la bendición de su papá o mamá, quienes contaban las marquitas acumuladas en algún lugar, “–Chiplé–chiplé–chiplé…” sonaban las palmadas, ya que cada marca significaba un azote o nalgada. Luego sí, la bendición, el perdón y alguna golosina no demoraban en llegar. Tortuoso, pero netamente disciplinario con la consiguiente preservación de una cultura de respeto hacia lo sagrado, generación tras generación.

El curandero y padrino don Inambú tenía ese no sé qué que lo hacía tan querible. Él “pascuaba” a sus ahijados y aun a sus compadres, que a su vez eran también ahijados suyos, con suaves golpes en la espalda. Sus “azotes” eran reprimendas por no haberlo visitado con frecuencia.

Era admirado y querido por el pueblo, y esto hacía que hombres, mujeres y gurises de todo el asentamiento altoparanaense pidieran su bendición y buen consejo. La bendición del padrino es tanto o más fervorosa que la del propio padre. Su defensa espiritual como su maldición son poderosas y temibles.

Esa mañana de Pascua, el padrino, estaba trabajando en el corral. Sin interrumpirlo, el visitante, dejó un presente —un lechón— dentro del rancho. —Su bendición padrino, —le dijo. Hizo la señal de la cruz sobre sus manos juntas y le golpeó con afecto los hombros.

—Para curar una bichera de animal hay que apuntar con el pulgar hacia arriba, en dirección al agujero de los gusanos, girar el puño hacia abajo y descender al suelo contando del nueve al uno hasta tocar la tierra dejando una marquita. Por último, con un cuchillo escarbar esa parte de tierra y darla vuelta, ya va a ver que dentro de poco tiempo sangra la herida y caen los gusanos… —Le enseñó don Ina, en plena Pascua a su visita. Ese tipo de cosas eran sus obsequios para los más grandes pero sin embargo a los más pequeños daba una golosina. Ya que a su alcance no estaba otro tipo de regalos como potrillos, o un par de alpargatas, o una Biblia como era costumbre en los padrinos de mejor condición económica.

………………………………………………………………

Otros consejos aplicables al cuento:

No se debe:
Realizar tareas de la casa en Jueves y Viernes Santo, pues es momento de reflexión y de descanso, tal es así que se dice, que cuando se parte a la otra vida, el alma vuelve con los sonidos de tales rutinas.
Del mismo modo abstenerse de tener relaciones sexuales porque “se queda chancho”.

La cruz:
Cuando se quiere liberar a un alma del poder del demonio hay que ordenarle “Abandone su víctima por el poder de la Cruz …porque en sus brazos murió Jesús”.
Cuando encuentras una cruz en tierra no consagrada tomar una piedra y luego de limpiarla bien, colocarla sobre uno de los brazos de la misma rezando un Padrenuestro (“Cuando llegue el momento de tu propia muerte y comparezcas ante Dios, el dueño de esa cruz va a poner esa misma piedra en el lado de la balanza donde se pesan tus virtudes”).

La faja, de uso del varón de la casa, tiene el poder de ahuyentar a las malas presencias, o cuando se tiene miedo. Se lo dispone en el lugar conformando una cruz. También se lo utiliza para cualquier tipo de curación, por imposición. Gran protector de la casa en ausencia del dueño.
Dicho popular: “no hay abogado más poderoso que la cruz por que en sus brazos murió Jesús”.

© Theodosio Andrés Barrios – Cuentos de la Picada – (2da. ed.) Eldorado Misiones.: Th Barrios Rocha Ediciones, año 2011 – 152 p.; 21×18 cm. – 978–987–05–0587–7
1. Narrativa Argentina–Cuentos. I. Título
Imagen: Nuñes.

quizás también te interese:

Este 27 de marzo de 2017 se cumplen 9 años de la desaparición de Mario Fabián Golemba, joven agricultor oriundo de la localidad de...