Adelanto exclusivo de “León Pytá”, novela de Rubén Morel

Próximamente se publicará – a través de la Editorial Universitaria de la UNaM- la novela León Pytá (León Rojo), del periodista, docente y escritor misionero Rubén Morel. Se trata de una obra de ficción, perteneciente al género novela histórica, que propone un relato basado en los intentos del Movimiento 14 de Mayo de invadir Paraguay para derrocar al gobierno de Alfredo Stroessner, a fines de los años ’50. En exclusiva, ofrecemos uno de sus capítulos.

Pó Rembó

Esta noche, luego de escuchar la acostumbrada audición de propaganda oficial en Radio Nacional de Asunción, y de ilustrar a su mujer acerca de quién era el hombre llamado Stroessner, Desiderio rememora un recado que enviaron de Paraguay, casi 11 años después del ataque al pueblo de Buena Vista, cercano a San Juan Nepomuceno. “Don Desiderio –le dijo el mensajero- Pó Rembó le mandó a decir que ya le ha vuelto a crecer otra vez, dice que usted sabe de qué se trata”.
Solamente Desiderio y Pó Rembó compartían la clave de aquel encriptado mensaje. Durante la Revolución de 1947 Juan “Pó Rembó” (pene en mano) Aquino formó parte de las tropas coloradas que incursionaban por los pueblos y las colonias del Departamento de Caazapá. Las familias que se autoproclamaban liberales eran atacadas despiadadamente por verdaderas hordas, sin otro propósito que hacerse de los bienes de los campesinos, una práctica muy habitual del ejército al fustigar a sus satanizados enemigos. La fama de “Pó Rembó” no se había originado en sus acciones valientes o en sus actos de arrojo en combate, sino en el comportamiento criminal y salvaje. En nombre de los colorados arrasaba con las vidas y la hacienda de los desamparados labriegos, y como si eso no bastara también saciaba su desmedido apetito sexual atacando a horrorizadas adolescentes.
“Vo‟ „nco no podé i‟ con nosotros che‟ memby, todavía so‟ muy mitaí‟ para esto”, le espetó su tío Silvano Espínola, en tono enojado, una mañana en que éste reunió a la tropa para atacar el poblado de Buena Vista, con intenciones de dar un escarmiento a “Pó Rembó”, quien hacía cuartel en la comisaría y ejercía sus dominios en la zona como un rey tártaro. Desiderio tenía 14 años y casi nunca se despegaba del Winchester que le regaló su abuelo. Cuando vio que se estaba armando la montonera insistió en alistarse con los milicianos, hasta que finalmente el tío le advirtió: “Y bueno mitaí, podés ir con nosotros, pero va‟ a ir atrás y mantenete siempre alejado, si llega a pasá‟ algo malo vo‟nco ponete a rezá, pegá la media vuelta, taloneá el matungo y rajate pa‟l monte nomá”.
Después de cabalgar toda la jornada, los hombres comandados por el teniente Espínola llegaron de madrugada a Buena Vista, donde los soldados habían montado su base de operaciones, en un improvisado cuartel de policía. Era una casona típicamente de las zonas rurales de Paraguay, construida con paredes de adobe y techo de paja a dos aguas. A los fondos se anexaba una empalizada de troncos de karanday, donde se encerraba el ganado saqueado a los agricultores.
Los partisanos rodearon el lugar y lo que se presagiaba una balacera infernal resultó una mera excursión de caza, con presas de fácil captura. Se encontraron con una turba de soldados entorpecidos y obnubilados por la borrachera nocturna. Algunos, al darse cuenta del ataque sorpresa, alcanzaron a realizar disparos al azar, pero como no podían mantenerse en pie fueron apresados sin mayores dificultades y estaqueados en el patio, como era costumbre de época en circunstancias belicosas como esa.
Pó Rembó roncaba hundido en una hamaca amarrada a dos troncos de guayaba, sumergido en etílico sueño de aguardiente de los alambiques clandestinos de don Juan de la Cruz Morales. Entreabrió los ojos ensombrecidos al sentir un cosquilleo en el rostro. Dando manotazos en la mejilla, trató de poner fin al molesto hormigueo, seguro de que se trataba de algún insecto atraído por el dulzón aroma de la guarapa. Pero cuando su vista se aclaró, comprobó que aquello que le molestaba en la cara no era un insecto, sino el caño de un fusil restregándole el pómulo izquierdo. Tardó algunos segundos en reaccionar y reconocer el rostro ceñudo y el grueso bigote de Espíndola.
Cuando quiso incorporarse, tratando de apartar el caño molesto, dando manotazos, el teniente lo empujó hacia atrás haciéndole recostar nuevamente. En ese instante pareció como si se recobrara de la borrachera, un temblor se apoderó de todo su cuerpo y con la voz ronca y entrecortada trató de disuadir al teniente: “Esto se puede „arreglá‟ de otra manera cheraá… no… ¿cuánto „pa queré vo? Llevate‟ todo lo que quiera‟, la vacas, la mujere‟ y todo chera‟a”. Espíndola respondió con un culatazo fortísimo en la nariz, provocándole el crujido del tabique nasal al romperse.
“Ahora te vas a acordar Pó Rembó de todas las mitacuñá
(muchachas) que violaste, vamo‟ a ver si so‟ tan macho como cuando etá‟ con tu guardaepalda‟”, sentenció Espíndola con voz grave, en su rústico español. “Agárrenle y bájenle el pantalón, carajo”, ordenó. “¡Noooo tobayá, aniketobayá (no lo hagas cuñado)!”…, chilló Po Rembó con voz ronca, entre tosidos ahogados en sangre, como si adivinase la siniestra intención de sus captores.
Con las primeras luces del amanecer, Desiderio fue testigo de una espeluznante ejecución, acaso la forma más justa de resarcir las crueldades sufridas por la gente de su pueblo. Su tío se convirtió en el verdugo de aquel improvisado e indecente patíbulo en el patio de la comisaría de Buena Vista.
Ordenó a los hombres utilizar todas sus fuerzas para inmovilizar a Pó Rembó que forcejeaba y berraba como un cerdo a punto de ser sacrificado, tratando de conservar indemne el falo injuriador que los milicianos mantenían apretado contra el caño de un fusil. Y para evitar que siguiera chillando, uno de los partisanos, mientras otro aferraba con fuerza un mechón de cabello para evitar que moviera la cabeza, le amordazó fuertemente la boca con una pañoleta.
El teniente, que se había cobrado decenas de vidas bolivianas en la Guerra del Chaco (1932-1935), manejaba con maestría el machete, pero jamás antes imaginó utilizarlo de una forma tan impía. El “chaco‟ré” (ex combatiente) era un hombre endurecido por las encarnizadas batallas y por la sed en el inhóspito territorio chaqueño, pero todos los horrores y padecimientos en el frente no lograron arrancarle el sentido cristiano de la compasión. Por eso caviló un instante invadido por un sentimiento de misericordia hacia su víctima; y a punto estuvo de abandonar la idea de la mutilación. Se le ocurrió que, en todo caso, unos cuantos azotes serían más que suficiente escarmiento. ¿Lo sería? Sin embargo, como en un destello, una sucesión de imágenes de tantas muchachitas llorosas, cuyas vidas se habían truncado a raíz de las salvajadas del hombre que ahora gimoteaba subyugado, le invadieron la memoria. Todo ello le insufló nuevas fuerzas para seguir adelante en la consumación del castigo ejemplar. Además, no quería mostrar flojedad ante sus hombres, acostumbrados a las más peores barbaries.
Espíndola contuvo la respiración, estrujó los dientes y, alzando bien alto el brazo derecho, como el verdugo que se prepara para ajusticiar al condenado a muerte, dejó caer el machete con todas sus fuerzas. El golpe produjo un sonido metálico –que se prolongó unos instantes- al chocar el filo contra el caño del fusil utilizado como apoyo. En ese momento todos los hombres que presenciaban la escena en silencio se cubrieron instintivamente sus propios falos, como si fuesen ellos los condenados a castración. Algunos endurecieron sus estómagos y contuvieron la respiración cuando el miembro inerme rodó por el suelo y de la vejiga cercenada brotaba a borbotones un líquido rojo escarlata. El prisionero –entre quejidos ahogados- comenzó a convulsionar y entonces Espíndola gritó “suéltenle carajo, que esta jodida poronga nunca más volverá a pararse”.
Pó Rembó giró por el piso gimiendo, tratando de contener la sangre con las dos manos apretadas contra la vejiga. Una anciana que vivía al lado de la comisaría corrió en su ayuda exclamando y repitiendo “¡maraiko
(porqué) che‟ virgencita!”; con una palangana y trapos embebidos en caña se arrodilló para curarle la herida.
Concluido el desagravio, la tropa emprendió el regreso a San Juan. Desiderio cabalgó en silencio con una sensación extraña y contradictoria. Haber presenciado aquel acto horroroso, de absoluto salvajismo, si bien con causa sobradamente justificada, le produjo rabia, porque, después de todo, Pó Rembó en aquella circunstancia era simplemente un ser humano en completa indefensión. Tan indefenso como todas las muchachas que él había ultrajado en los últimos meses. No obstante ello, la ley del ojo por ojo estaba echada y ya no había vuelta atrás.