A diez años de la Masacre del Ycua Bolaños

En Paraguay, la fecha del 1 de agosto la tradición popular del carrulim, mezcla de hierbas con caña que se bebe para ahuyentar los malos espíritus, se mixtura con las penas y las frescas memorias del dolor. Con la Masacre del Ycua Bolaños cientos de familias, víctimas directas e indirectas, conocieron el comportamiento de la “justicia” paraguaya.

Me dijeron que el ser humano tiene algo así como “un instinto de supervivencia”, una especie de pulsión que en situaciones de peligro nos lleva a buscar empecinadamente la vida. Yo pensaba que en situaciones de riesgo, las personas se olvidan de las cosas materiales e intentan ayudar a quienes gritan con desesperación. La Masacre del Ycua Bolaños, que algunos llaman tragedia pero que ya entonces era una trampa mortal desde su misma inauguración, refuta esas supuestas “verdades universales”. ¿Cómo es posible que las cajeras del supermercado murieran calcinadas en sus mismos puestos de trabajo?, ¿cómo es posible que frente a semejante incendio cerraran las rejas del supermercado para evitar que la gente se fuera del siniestro sin pagar? Parecen mentiras, parecen cuentos de terror, pero esto es parte de la historia reciente y la masacre urbana de mayor envergadura que tuvo Paraguay en los últimos tiempos.

La Masacre del Ycua Bolaños expresa la crueldad de la ambición capitalista que prioriza la acumulación de la renta antes que la vida. Frente a la posibilidad inminente de que cientos de personas perdieran la vida, los “empresaurios” solo pensaron en el dinero que podían llegar a perder si se fugaba gente con mercaderías. Y las empleadas del supermercado, disciplinadas y obedientes, temieron perder sus trabajos por si acaso abandonaban las cajas. Seguramente pensaron que perder los trabajos era “lo peor que les podía pasar” y no tuvieron en cuenta la inminente posibilidad de la muerte.

El 1 de agosto de 2004, en un puñado de minutos se apagaron las vidas de 400 personas, la mitad de ellas eran niños y niñas, entonces miles de familias comenzaron un intenso peregrinar hacia una justicia que se les ha negado sistemáticamente.

“Denunciamos y seguiremos denunciando este sistema que defiende más las propiedades y las cosas que a las personas. Denunciamos a un sistema que no pudo, ni puede dimensionar la magnitud del hecho y castigarlo como correspondería.

Nuestra lucha no es una venganza contra una persona en cuanto ciudadano, hijo, o padre, etc. Nuestra lucha es por un Ycua Nunca más y lamentablemente nuestro sistema jurídico no ayudó, ayuda ni ayudará a evitar otras tragedias mientras no existan unas penas más proporcionadas al gran daño y dolor producidos” sostienen la Coordinadora de Víctimas, Familiares y Amigos del Ycua Bolaños en un comunicado de 2013.

Nada hará regresar a las personas que allí murieron pero condenas ejemplares a todos los implicados podrían ser un aliciente; lo poco que se ha conseguido hasta ahora no alcanza para que los familiares sientan “reparación”. Las cuatro condenados recibieron débiles penas y a estas alturas están casi todos en libertad o recibiendo beneficios que definitivamente no merecen.

“Yo perdí acá a mí único hijo y de todo pasamos desde entonces. No hay lo que no hicimos, nos maltrataron, nos insultaron, nos persiguieron, nos escupieron. Muchos de nuestros compañeros se cansaron, otros fueron muriendo… nada… la impunidad, la justicia en este país no existe, es solo para los ricos” dijo una señora que charlaba conmigo afuera del memorial que han construido allí donde hace diez años ardía la gente.

Nunca he visto cosa semejante al memorial que hicieron los familiares de las victimas. Es una mezcla de religiosidad popular con prácticas de sistematización de la memoria. Hay sentimiento, dolor hecho materia y un trabajo mentado de recordar qué pasó durante estos diez años. También hay una gran necesidad de contar la trayectoria de la rabia organizada y de seguir buscando justicia a pesar del sufrimiento que no cesa.

Allí están inmortalizados los rostros de las victimas y de los asesinos. Es el museo más vivo que existe. Se guardó todo lo que se pudo y eso mismo es lo que se exhibe. Los restos que han quedado como producto de la avaricia, porque ni el fuego puede acabar con todo, siempre hay algo que persiste para mostrar “la verdad”. Esas cosas negras, derretidas, cubiertas de hollín resistieron a las llamas para recordarnos que no hay paz sin justicia.

Fuentes: